Sevilla Escribe

Foro Literario y taller
 
ÍndiceÍndice  PortalPortal  CalendarioCalendario  GaleríaGalería  FAQFAQ  BuscarBuscar  MiembrosMiembros  Grupos de UsuariosGrupos de Usuarios  RegistrarseRegistrarse  ConectarseConectarse  
Buscar
 
 

Resultados por:
 
Rechercher Búsqueda avanzada
Últimos temas
» En busca de la frase perfecta para mi tattoo
Vie Mayo 31, 2013 2:19 pm por Morti

» Proxima reunión
Dom Abr 14, 2013 6:53 pm por Morti

» El sueño de los muertos
Lun Mar 11, 2013 11:31 pm por weiss

» Saludos malagueños
Dom Mar 10, 2013 11:57 pm por weiss

» Saludando a cuanto genio habita el lugar
Lun Ene 14, 2013 6:11 pm por Alba

» La Navidad ya llegó...
Sáb Dic 29, 2012 10:27 am por Alba

» Me presento
Mar Jul 17, 2012 8:01 pm por Félix

»  A la sombra de la Giralda
Mar Jun 19, 2012 7:47 pm por Pipulo

» Adrián Castro presenta...
Jue Mayo 10, 2012 4:37 pm por Sharly

Navegación
 Portal
 Índice
 Miembros
 Perfil
 FAQ
 Buscar
Foro
Compañeros
Noviembre 2017
LunMarMiérJueVieSábDom
  12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930   
CalendarioCalendario
Bookmarking social
Conserva y comparte la dirección de Sevilla Escribe en tu sitio social bookmarking

Comparte | 
 

 Artículos de Canijo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
AutorMensaje
Canijo
Admin
Admin
avatar

Cantidad de envíos : 2834
Localización : Sevilla
Fecha de inscripción : 21/03/2008

MensajeTema: Artículos de Canijo   Dom Ene 16, 2011 5:35 pm

Zombis de Haití


En 1999, la Sociedad Antiesclavista de Londres sacó a la luz un informe aterrador en el que constataba la existencia de más de mil casos de zombificación en el caribeño país de Haití. Éste es sólo un ejemplo de la oscura realidad que se esconde tras palabras como Vudú, zombi o bokor que, debido a influencias cinematográficas o literarias en las que dichos términos se han usado para adornar todo tipo de fantasías, son tomados con cierta ligereza por una opinión pública que en su mayoría desconoce la verdad tras el mito. Y no es tampoco algo de extrañar cuando hablamos de Haití, un lugar singular, con una historia y unas tradiciones propias, una cultura arrancada de su tierra natal que, aislada no sólo de sus vecinos sino del resto de mundo, ha devenido en un universo cerrado y aterrador en el que muchas veces las pesadillas se pueden tocar con las manos.


La historia conocida de Haití comienza un 5 de diciembre “del año de nuestro señor de 1492”, cuando la expedición colombina arriba a las costas de la que más tarde sería conocida como isla de La Española. La población autóctona, estimada entonces en unos 300.000 habitantes de las culturas atawak, caribes y taínos, fue aniquilada durante el ulterior proceso de conquista y colonización. A mediados del siglo una parte de la isla había pasado a formar parte del reino de Francia, el cual estableció un férreo sistema esclavista para una población compuesta por 300.000 esclavos, en su mayoría traídos de las regiones africanas de Senegal, Nigeria y Dahomey, la actual Benín, y no más de 12.000 personas libres entre blancos y mulatos. En el seno de esa sociedad eminentemente esclava, arrancada de su tierra y obligada a profesar una religión totalmente ajena a sus ancestrales creencias, fue donde se gestó una nueva cultura, mezcla de tres mundos diferentes, que tuvo un profundo calado entre gentes sin acceso a la enseñanza. Con el tiempo, y de la mano de esta nueva tradición esotérico-religiosa, también fue creciendo entre la población esclava un intenso sentimiento revolucionario, un ansia de libertad que ya no pudo ser detenido.


El primer intento de independizar Haití tuvo lugar en 1757, cuando Macandal encabezó una rebelión de fugitivos fanáticos que finalizó poco después cuando todos fueron capturados y ejecutados en la hoguera. Pero se habla del 14 de agosto de 1769 como el día en que, durante la celebración de una ceremonia vudú (prohibida por las autoridades francesas) por parte del sacerdote Boukman, se inicia lo que sería la definitiva revolución haitiana. El proceso de emancipación tuvo como principales protagonistas a François Dominique Toussaint-Louverture que entre 1793 y 1802 dirige la revolución enfrentando a españoles, franceses e ingleses, y a Jean Jacques Dessalines que, tras la captura, destierro y muerte en Francia del primero, vence definitivamente a los franceses en la Batalla de Vertierres en 1803 y proclama la independencia de Haití en 1804, convirtiendo así al país en la segunda colonia americana, tras los propios Estados Unidos, en independizarse de las metrópolis europeas. Hablamos de una lucha sangrienta, un conflicto que, según el último de los dirigentes franceses de la colonia “Sólo se podrá solucionar cuando no quede ni un solo blanco en la isla”. Efectivamente, bajo la aterradora consigna de “Cortar cabezas, quemar casa”, la población blanca de Haití fue totalmente exterminada.


Se inicia así un periodo aparentemente glorioso para los haitianos, reconocidos por su valor entre las muchas colonias americanas que, como ellos, ansiaban su independencia. Y este sentimiento fue alimentado por la ayuda que prestaron a sus vecinos dominicanos para librarse de yugo español (aunque después lo que hicieron fue ocupar la parte oriental de la isla, que no recuperó su independencia como República Dominicana hasta 1844), o por el asilo y apoyo concedido al mismísimo Simón Bolívar en su lucha por independizar a Venezuela. Sin embargo, en los sustratos más bajos de la sociedad se gestaba otra cosa, un surgimiento de creencias esotéricas que tenían al Vudú, la mezcla de religiones animistas africanas, cristianismo mal digerido y el remanente cultural de los taínos, como núcleo aglutinador. Detalles como la elección de los colores patrios, rojo y azul, eliminando el blanco de la bandera francesa en parte por librarse de la mística influencia maligna de todo lo blanco en su sociedad, son unos primeros indicativos de esta tendencia.


Conforme fue pasando el tiempo, Haití continuó con el lento pero inexorable proceso degenerativo de su sociedad, enturbiando sus relaciones con sus vecinos debido a la gran presión ejercida sobre ellos, aislándose, y todo dentro de un clima de inestabilidad política y social y de aumento de la influencia del Vudú insostenible. Es en este escenario en el que se produce la ocupación militar estadounidense que se prolongaría desde 1915 hasta 1934. Y es durante esa ocupación cuando la sociedad occidental empieza a documentar algunas de las prácticas de los hungans, los bokors, los sacerdotes del Vudú. Todo parte de unos informes de las autoridades sanitarias militares acerca del desproporcionado índice de suicidios y otros incidentes similares entre la tropa de ocupación. Tras los estudios pertinentes se llega a la conclusión de que los soldados han sido expuestos a sustancias psicoactivas desconocidas que, o bien por el aire o mezclados con los alimentos o el agua, han sido introducidas en los campamentos.


Una vez liberados de la ocupación estadounidense, los haitianos siguieron con su espiral degenerativa, con conflictos nunca solucionados del todo entre las autoridades mulatas y las masas populares afrodescendientes. Y mientras esto sucedía dentro de su sociedad, los primeros investigadores del fenómeno vudú empezaban a llenar páginas y páginas con todo lo relativo a ese misterioso culto y a hablar de extraños casos de personas dadas por muertas pero que aparecían años después en un terrible estado de destrucción mental y física.


Por fin en 1957, con la ascensión al poder de François Duvalier, Papá Doc, es cuando se instala el Vudú en el gobierno del país. La bandera pasa de ser azul y roja a ser negra y roja, los colores del Vudú, y bajo la atenta mirada de los tontons macoute (el tío del saco), la selecta guardia personal del dictador, cuyo nombre hace referencia a los brujos vuduistas viajeros, la brutalidad y el miedo a los supuestos poderes mágicos de estos sicarios institucionalizados sumen al país en una de sus etapas más oscuras.


A Papá Doc lo sucedió su hijo Jean-Claude Duvalier, Baby Doc, en 1971, que se mantuvo en el poder hasta que una insurrección popular lo depuso en 1986. A partir de ahí se sucedieron los golpes de estado, deposiciones forzosas y demás síntomas de su endémica inestabilidad política, siendo la última de estas crisis la de 2004, que forzó a los cascos azules de la ONU a ocupar la isla.


Y así es la Haití de hoy en día, uno de los países más pobres del planeta, odiados y temidos por sus vecinos, y aislados en un mundo que se ha derrumbado sobre ellos.


Pero no es por su singular y triste historia por lo que ese país caribeño es famoso, sino por ese extraño culto, hasta cierto punto exportado más allá de sus fronteras, que es el Vudú.


Hablar de Vudú es hablar de esclavitud, de imposición del cristianismo, de remanencia de ciertas creencias y prácticas de la población precolombina del continente americano e, incluso, de ocultismo europeo. Y junto al Vudú haitiano existe todo un conjunto de derivativos formados a partir de la misma amalgama de religiones y tradiciones, como son la Santería cubana o dominicana, el Vudú de Nueva Orleáns, el Candomblé, la Macumba, o la Umbanda y Kimbanda brasileñas. Se tratan todos ellos de sincretismos forzosos, del oportunismo y la astucia de personas que, obligadas a profesar una religión que les era totalmente ajena, supieron adaptar sus antiguos cultos a la imaginería cristiana con el fin de poder seguir practicándolos (la identificación de sus dioses o Loas con los santos cristianos, por ejemplo). Fue también una forma de unirse, él único nexo entre esclavos traídos desde distintos puntos del África negra.


El origen de la palabra Vudú es africano, y significa “dios” o “espíritu”. Los rasgos originales de esta tradición provienen de los pueblos africanos de habla yoruba (Nigeria, Togo, Benín, Senegal…), y de hecho en sus rituales se habla a menudo del hombre puro de Guinea. Lo que sería la experiencia central de su religión es la posesión de los acólitos por parte de sus dioses, una forma de honrarlos. Según el vuduista el alma humana está formada por dos partes, el gros-bon-ange (gran ángel bueno), el alma esencial, lo que hace a la persona ser lo que es, y el ti-bon-ange (pequeño ángel bueno), la conciencia de la persona, siendo el gros-bon-ange el que propicia el contacto entre el cuerpo y el ti-bon-ange. Durante los rituales de posesión, celebrados en tonelles, y mediante cantos, bailes, la ingesta de ciertas sustancias, las rítmicas vibraciones de los tambores y otros aderezos que suelen implicar el sacrificio ritual de animales, se llega a un clímax en el que el adepto entra en trance, su gros-bon-ange se desplaza, y la persona es por tanto poseída por el dios que se apodera de su cuerpo. Una vez poseído por cualquiera de sus diversos dioses o espíritus, de los que hay un gran número (Aida Ouedo-Virgen María, Lagueson-san Jorge, Agwe-san Ulrich, Damballah-san Patricio, etc) el acólito no sólo se supone que adopta la personalidad, sino también su aspecto, gestos y conducta. Así, una persona poseída por Papá Legba-san Pedro, guardián de la verja del otro mundo y las encrucijadas cuyo símbolo es una muleta, se convierte aparentemente en un hombre viejo y rengo. La posesión, que puede durar horas, es tan profunda que el poseído puede caminar sobre ascuas o meter las manos en agua hirviendo sin inmutarse, de la misma manera que los miembros de algunas tribus africanas se podían cortar sus propios dedos durante los trances. Finalmente la posesión acaba de forma espontánea, el gros-bon-ange vuelve al cuerpo y éste renueva su conexión con el ti-bon-ange, aunque a veces para que esto suceda es necesaria la intervención del hungan, el sacerdote vuduista que oficia la ceremonia.


Ésta idea de la posesión, del alma que se desplaza, subyace en la mayoría de supersticiones y prácticas del Vudú, como las que propician que tras la muerte, y después de pasar cierto tiempo en el fondo de un río, el alma de los muertos sea invocada por los sacerdotes y colocada en una campana sagrada, sustitutivo del cuerpo físico, para que se convierta en un espíritu ancestral que aconseje y proteja a la familia. O, en el caso que nos ocupa, el del aparecido o zombi, se considere que un alma desplazada del cuerpo puede ser capturada y encerrada en una botella o vasija por un sacerdote malvado o bokor, que se apodera así del cuerpo.


Los ministros de esta religión son los hungans, a los que, cuando utilizan prácticas malignas, se les llama bokors (en la realidad lo normal es que el hungan sea bokor y viceversa, siendo únicamente sus intereses personales los que les impulsa a actuar como uno u otro en cada ocasión determinada). El hungan se supone investido de poderes especiales, la mayoría de ellos de origen místico, aunque son realmente las creencias de las personas, su inclinación a creer en la veracidad de estos poderes, las que les otorgan la preeminencia de la que gozan. En una sociedad como la haitiana, sumida en la incultura, el miedo y la superstición, la creencia acérrima en el Vudú y el poder de sus sacerdotes puede acarrear nefastas consecuencias. Por ejemplo, una costumbre muy temida llevada a cabo por estos bokors es el vestir a un cadáver con la ropa de un vivo y después esconderlo en algún lugar secreto para que se pudra, lo cual hace que el vivo enloquezca buscándolo; en el caso de que la persona sepa lo que está sucediendo y crea en el poder de la magia vudú, el acabar sumido en la locura es una posibilidad más que cierta.


A estos poderes más basados en las creencias de la gente que en la realidad también se suman, por desgracia, una serie de profundos conocimientos de naturopatía, de identificación, tratamiento y uso de diferentes sustancias, cuya base sí es real y cuyos resultados, más allá de la superchería, también lo son. De hecho los bokors y hungans manejan un auténtico catálogo de sustancias “mágicas” que, como bien comprobaron las autoridades militares norteamericanas durante la ocupación del país, son realmente efectivas y, si su finalidad es maléfica, altamente perniciosas. Dentro de este catálogo podemos encontrar por ejemplo el polvo de rapé, usado para castigar al amigo traidor, el yoyo, que cura el mal de ojo, el polvo agotador, que hace verdadero honor a su nombre, el pachuli, que castiga la infidelidad en el matrimonio, y por último uno de los más aterradores y el que nos ocupa a nosotros, el polvo zombi, el pepino zombi, la cocombre zombi.


Y es ahora cuando por fin llegamos al meollo de la cuestión, a la creación del zombi, a esa práctica que, lejos de la imaginería holliwoodiense, oculta una verdad tan aterradora o más como la ficción que representan esos cadáveres andantes que en los filmes de Romero, y los que en ellos se inspiraron, se dedican a la antropofagia y la destrucción sistemática de la sociedad que conocemos.


El fenómeno de la zombificación es algo veraz y siniestro, una práctica en la que se conjugan muchos de los aspectos de Haití, su cultura y prácticas vuduistas, de los que anteriormente hemos hablado, y cuya existencia es tan real y conocida que incluso podemos detectar su presencia a través del artículo 246 del antiguo Código Penal haitiano: “También se considerará que hubo intención de matar si se utilizaren sustancias con las cuales no se mata a una persona pero se la reduce a un estado letárgico, más o menos prolongado, y esto sin tener en cuenta el modo de utilización de estas sustancias o su resultado posterior. Si el estado letárgico siguiere y la persona fuere inhumada, el intento se calificará de asesinato”. Tan cierto es esto, que se han dado multitud de casos en que los familiares de muertos cuyo óbito podía relacionarse con prácticas mágicas han estrangulado, apuñalado, o incluso desmembrado los cadáveres para evitar que sean resucitados por los bokors.



La zombificación, práctica que sólo existe en el Vudú haitiano y no en ninguno de sus derivativos de otras partes del globo, no es en un principio más que un caso de envenenamiento, pero un envenenamiento especial provocado con unos fines muy específicos y particulares. El veneno que lo provoca, el anteriormente mencionado polvo zombi, tiene como componentes principales el pepino de mar (sustancia altamente tóxica y alucinógena), la tetrodotoxina (extraída de los ovarios de las hembras del pez globo, también altamente tóxica y que incluso en pequeñas cantidades puede provocar la muerte, como de hecho se ha producido muchas veces en restaurantes orientales que ofrecen esta especialidad), y la flor de datura o estramonio (también alucinógeno y cuyo uso está constatado en arcaicas sociedades europeas de brujos que debido a su ingesta en determinados rituales llegaban a creerse verdaderos hombres lobo). Este polvo, que bien puede ser suministrado mezclado con la comida o la bebida, e incluso se puede transmitir por el aire, provoca en la víctima un desequilibrio metabólico que los sume en un estado letárgico muy parecido a la muerte (mínimo consumo de oxígeno, apenas dos latidos por minuto, inmovilidad…), pero en el que por desgracia son conscientes de todo los que les sucede, como el aterrador hecho de ser enterrados (muy ilustrativa es la imagen de la película “La serpiente y el arco iris”, la que mejor trata la realidad del fenómeno zombi, en la que un supuesto cadáver derrama una lágrima mientras resuena la caída de las paladas de tierra sobre la tapa del ataúd en el que está siendo enterrado).


Más tarde, pasado un período de dos a cuatro días (lo máximo que puede aguantar el supuesto cadáver antes de consumir totalmente al oxígeno contenido en el ataúd), el bokor exhuma el cuerpo para llevárselo a su santuario y una vez allí suministrarle el antídoto que lo libere de su estado letárgico. La persona que renace de esta aparente muerte ya no es lo que era, su sistema nervioso está destrozado, sufre un grave caso de hiponatremia (insuficiente concentración del electrolito sodio en sangre), y la verdadera pesadilla, su vida como zombi, acaba de comenzar. Aprovechando la credulidad de una víctima idiotizada e imbuida de las creencias vuduistas, el hechicero la convence de que efectivamente ha muerto, que su gros-bon-ange ha sido desplazado, atrapado y encerrado en una botella, y que sólo él es capaz de devolverle a su estado anterior, a cambio por supuesto de que le obedezca en todo. Durante el periodo de restablecimiento, que puede durar un mes, el bokor acentúa este sentimiento de sumisión en su víctima sometiéndola a todo tipo de torturas, engañándola con todo tipo de artimañas, incluso disfrazándose de diablo y rodeándola de fuego para hacerle creer que está en el infierno.


El resultado de todo lo anterior es la creación de un esclavo incapaz de revelarse, un sirviente para el bokor que lo ha zombificado o para la persona que lo compra a éste, pues muchas veces son los réditos de este comercio de seres humanos los que están detrás de esta práctica (otras veces puede ser la venganza, o cualquier otra manifestación de los más bajos instintos humanos). Hablamos de un negocio conocido e incluso consentido por las autoridades haitianas que supone una de las bases de un nada despreciable sector de su economía agrícola (15 o 20 zombis de promedio por plantación; no más, pues debido a las limitaciones provocadas por su sistema nervioso devastado sólo son buenos para trabajos pesados pero simples), más aún en tiempos del nefasto Papá Doc, que con su institucionalización de vuduismo incluso alentó esta práctica.


La muerte en vida, eso es la zombificación, secuestro, torturas y sometimiento a esclavitud, el amargo destino de estos desgraciados que, incluso en los raros casos en los que consiguen escapar con vida de los campos de trabajo en los que los retienen, jamás llegan a recuperarse del todo del daño infligido. Hay muchos casos documentados, con nombres y apellidos, como el de Felicia Felix-Mentor, que reaparecida veintinueve años después de su supuesta muerte había perdido por completo la capacidad de hablar, rehuía cualquier contacto humano, y que durante los pocos años que le quedaron de vida jamás fue capaz de expresar ningún tipo de pensamiento coherente.


Éstos son los zombis haitianos, los zombis de carne y hueso, pesadillas surgidas de las más oscuras simas de la mente humana que, cuando caminan por Haití, ese mundo cerrado y aislado en el que la pobreza, la injusticia y el terror al lado más siniestro de las prácticas vuduistas campan a sus anchas, pueden ser incluso tocadas con las manos.

_________________
A... a veces... veo cosas... El resto de las veces... estoy tan fumado que no veo un carajo...
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Canijo
Admin
Admin
avatar

Cantidad de envíos : 2834
Localización : Sevilla
Fecha de inscripción : 21/03/2008

MensajeTema: Re: Artículos de Canijo   Dom Ene 16, 2011 5:43 pm

El Hombre y la Letra


I

Primero, antes de empezar a dar la tabarra con otra de mis parrafadas, me hacen el favor de poner la música con la que se iniciaba la mítica “El Hombre y la Tierra”… ¿Ya? Perfecto.

El aficionado a esto de juntar letras, perpetrador habitual de relatillos, ocasional de los micros o infatigable de su novela siempre pendiente, asiduo a foros literarios, titular de blogs, facebooks y demás dedicados a lo mismo, ése que te encuentras normalmente en las ferias del libro asistiendo a conferencias o comprando a golpe de corazonada o consejo de fiabilidad a prueba de decepciones, ése, repito, es, en más de una ocasión, como la cabritilla montesa de los documentales de “El Hombre y la Tierra”. ¿Alguien se acuerda? Yo sí, o al menos conservo suficientes referencias como para reconstruir un recuerdo ficticio ad hoc. Se la veía (a la cabritilla, digo) perdida, alejada de su madre, y no hacía falta oír las siempre enriquecedoras palabras del maestro para saber lo que iba a suceder: se la iban a comer, o se iba a despeñar y despanzurrarse contra las rocas de abajo, o algo por el estilo; el caso es que lo iba a pasar mal sí o sí. Ley de vida, que se suele decir en estos casos para evitar compadecernos de la cabritilla, el ñu, o la gacela Thomson de turno; o si no enfadarnos con los despiadados documentalistas que no tuvieron corazón para echarles un cable.

Sí, es así, aunque resulte chocante enterarse a estas alturas de que uno es una cabritilla, aunque sea sólo a veces, aunque ya le hayan crecido los cuernos, se le hayan endurecido las patas y haya engordado lo suficiente como para decirle al águila “Aquí estoy, chula. Ven si tienes… lo que tienes que tener”. De acuerdo, fiera, pero por si acaso no te despistes no vaya a ser que venga por otro lado el lobo a reír el último o te termines despeñando tú solito. Porque ése es el panorama: el ecosistema en el que se mueve el aficionado está lleno de peligros que pueden, si no desengañarlo y desanimarlo, sí al menos brindarle un rato de frustración y desencanto; y tampoco es plan.

Por ejemplo, y por empezar con algo, que ya es hora, el aficionado-cabritilla debe saber evitar el ditirambo tóxico, a toda costa. Me refiero a ese sospechoso entusiasmo con el que es acogida nuestra obra entre familiares, amigos u otros ámbitos de mayor dimensión pero parecida afinidad, eso de lo que se ha hablado mil veces aquí, allí y un poco más por el otro lado. Todo el mundo recuerda algo de esto o incluso ha participado en el juego en alguna ocasión. En sí no es algo malo, por supuesto, a nadie le viene mal un poco de ánimo, aunque sea exagerado. Pero su ingesta en cantidades excesivas, más aún si nos los creemos, y sobre todo si nos los tomamos a pie de la letra como verdades universales, puede darle a uno la impresión de que es lo que no es, que se lo crea, y que se haga daño cuando se tope con el muro de la realidad con el que tarde o temprano se topará. A ver, que todo el mundo recuerda cuando, de pequeño, su abuela, tía, madre, vecina, etcétera, estaban todo el día pellizcándole los mofletes y diciendo lo reguapo que era, hasta que un día resulta que uno se fija bien en la imagen del espejo y tiene que reconocer la verdad: “¡Dios, me han estado engañando toda mi puta vida! (con perdón)”. Bueno, a lo mejor tú eres un Apolo que cuando te miras al espejo sólo puede dar gracias al cielo por lo que ve, pero seguro que recuerdas a ese amigo… tú sabes, de discutible diseño y acabado, de gama baja, incluso posible prueba de incesto si nos ponemos a hilar fino. ¿Recuerdas? Pues entonces también recordarás el día en que fuiste a su casa y viste a su madre hacer lo mismo, achucharlo y llamarlo guapo, tantas veces y de manera tan empalagosa que estuviste en un tris de decirle: “Señora, ¿pero no ve que es un gremlin?”

Otro peligro de la jungla literaria es el de los concursos de pago, también llamados, cuando no se quieren usar eufemismos, timo. Hay muchos y muy variados, aunque lo normal es que sean de micros o poemas (más “paganinis” tienen cabida), y todos tienen una filosofía muy clara: si quieres ganar, paga, o si quieres fardar ante alguien de finalista, paga, o si quieres… sí, eso mismo, paga. Recuerdo uno de estos en el que tuve el honor de ser finalista junto a los otros dos mil que pasaron la criba de los dos mil quinientos iniciales. Me mandaron una carta y todo, diciéndome que iba a haber una presentación del libro a la que estaba invitado (también había algún reclamo en forma de obsequio, aunque no recuerdo qué era exactamente), y a partir de ahí se iniciaba la fase final del concurso, porque… el ganador se decidía mediante voto popular, y para votar hacía falta un cupón que venía con los libros… Qué listos, qué ingeniosos… qué arteros… qué poca vergüenza…

También tenemos, entre los muchos peligros que acechan al pobre aficionado-cabritilla, uno que no viene de fuera, que no es realmente culpa de nadie más que del propio sujeto y por lo tanto no es tan fácil de evitar: el pozo del voluntarioso, o la maldición de la no-ubicuidad. ¿De qué va esto? Bien, dentro del sustrato literario en el que muchos de aquí nos movemos, el del aficionado activo y activista, hay un fenómeno que puede afectar cíclicamente a aquellos que poco a poco, muchas veces sin ellos mismos darse cuenta, terminan metiéndose hasta las cejas en foros, blogs, cadenas de comentarios, reseñas, encuentros, presentaciones, etcétera. Todo se desencadena ese día en el que, después de haber comentado, reseñado, maquetado, o debatido sobre cualquier texto ajeno, tras haber dejado su último mensaje en el hilo de turno, justo después de venir de la presentación de la semana, para la que se citó en la tertulia del día anterior, en la que entregó un par de textos viejos, sacados de las simas de su disco duro, para rellenar con algo de contenido marginal tal página… alguien le pregunta: ¿y tú qué estás escribiendo? Entonces el sujeto rebusca un recuerdo lejano entre comentarios, reseñas, maquetas, presentaciones, conferencias, debates, charlas, webs, su disco duro… y no encuentra nada, recuerda que el leitmotiv de todo esto era escribir y, cómo no, llega a la conclusión de que algo no anda bien. “Houston, agárrense los machos que tenemos un problema.” Efectivamente, si uno está haciendo de todo menos lo que realmente quiere hacer es que tiene un problema, y como nadie le ha puesto una pistola en el pecho para que haga lo que ha estado haciendo la culpa es suya y sólo suya, y la solución del problema, si no pasa por el desencanto definitivo y el abandono más o menos completo de la afición, se la va a tener que buscar él mismo. Lo suyo en este caso es apelar al pragmatismo, saber medir los tiempos, quizá pensar más a largo plazo o simplemente hacerse a la idea de que, al fin y al cabo, sigue disfrutando de la misma afición, aunque de otra forma.

Hay más de lo que hablar pero, al igual que “El Hombre y la Tierra”, “El Hombre y la Letra” también tiene partes, y ya es hora de ir terminando ésta antes de que el último héroe capaz de llegar hasta aquí se dé por vencido y se vaya a leer algo de verdadero interés. En fin, hermanas cabritillas, mucho ojo, y la que vea por ahí al águila que avise, no seamos como los despiadados documentalistas que se lavan las manos.



II




Aquí estamos con la segunda entrega de nuestro “El
Hombre y la Letra”,
así que ya saben qué música deben poner, ¿no? Pues al lío.






En nuestra anterior entrega dejamos a nuestro pobre
aficionado-cabritilla tratando de zafarse del ditirambo tóxico, intentando no ser víctima del engaño de los concursos de pago y procurando no caer
en el pozo del voluntarioso,
terribles pruebas que tendrá que superar nuestro amigo si no quiere ser presa
de la frustración y el desencanto. ¿Lo conseguirá? Quién sabe, a veces la gacela
Thomson salva la vida y el documental termina con música alegre; otras no tanto.
Lo único seguro es que, aunque consiga salir airoso de los trances arriba
mencionados, el aficionado-cabritilla aún debe permanecer ojo avizor porque, lo
sepa él o no, sigue estando rodeado de amenazas, trampas en las que podrá caer
si se despista.






Una de esas trampas es el incidente de la historia recurrente. Terrible. No demasiado
común, pero fatídico, sin solución… o no. Para el señor King el ejercicio de la
lectura es como un fenómeno de telepatía en el que el autor usa el soporte
material para pasar una historia de su cabeza a tu cabeza. Tú recibes eso que
él pensó, disfrutas de la historia… y el buen señor se lleva sus eurillos, que
se los ha ganado. Bien, todo perfecto. Lo malo es que a veces esa conexión
parece que se establece por la línea de banda ancha de este país, las cosas no
salen como deberían salir, y lo que te debería llegar mientras lees parece que
te llega mientras escribes. Un buen día, sin tú poder recordar ningún tuerto
que te mirara mal (paradojas del lenguaje, como si te pudiera mirar bien) ni
ninguna pedigüeña a la que no le hubieras comprado el romero, resulta que te
enteras de que estabas escribiendo algo que ya estaba escrito, más o menos;
escrito o filmado o lo que sea. “¡Dios, en qué te he ofendido para que me
castigues así!” Gritarás. Sí, eso mismo, porque no me refiero a ese relatillo
que te surge una tarde. No, yo estoy hablando de que te pase con lo tuyo de
verdad, “lo gordo”, ese documento que
duerme en el altar mayor de tu disco duro y que no está hecho de bits, sino de
tu sangre, tu sudor, tus lágrimas y tus dioptrías. Imagínatelo,
aficionado-cabritilla, porque quién sabe qué salió en la última tirada de dados
que hizo Destino por ti. Aparte de eso sólo puedo transmitirles mis más
sinceras condolencias a los afectados, y ofrecerles desde aquí todo mi apoyo en
estos duros momentos. No sé, por aportar algo: ¿por qué no lo llamas
“homenaje”?






El panorama en nuestro recorrido cambia, el bucólico
prado de antes es sustituido por otro bucólico prado, que es casi igual, o
igual, vaya, que es el mismo pero que tengo una encima que no veo nada. Está el
prado y nuestro tierno aficionado-cabritilla en medio, paciendo alegremente: un
mordisquito a una flor, ups, qué rico, otro… y cambia la música, se vuelve
amenazante. En efecto, hay un nuevo depredador rondando, y se trata ni más ni
menos que del comentarista feroz. A
ver, que no se me malinterprete: no me refiero a alguien exigente que diga lo
que piensa con fundamento y educación. No. Yo me refiero a ese otro que algunas
veces, o bastantes veces, o las más de las veces o siempre, que también los
hay, le echa al asunto un poco o un mucho más de bilis de la necesaria. ¿Por
qué? Quién sabe: estrés, un mal momento, pura y simple mala uva, coitos
frustrados o negados… El caso es que le sale así, y a una persona más
susceptible o influenciable de la cuenta le puede afectar. ¿Qué hacer en estos
casos? No sé, supongo que con ponerle un poco de sentido común a la cosa
debería valer, tomárselos tan en serio como se deben tomar y nada más, pero
tampoco estoy seguro… O bueno, siempre puedes coger al del ditirambo tóxico y echarlo a pelear con el comentarista feroz… a ver quién gana.






Imagínate un perro gigante que vuela, pero te dicen
que es un dragón. ¿Recuerdas la película? ¿Sí? Pues ésta es parecida, se trata
de la historia de la novela interminable
(a tu salud, compadre). Ah, qué decir. A veces fue un error de juventud, como
la colegiala a la que le falta la regla un mes. Tú sabes, tuviste tus primeros
accesos lectores de la adolescencia (los libros que ya no eran “para niños”),
te tocaste, porque es normal que te tocaras, porque tenías la edad, y tocaste
el teclado, y eso está ahí desde entonces, y lo quieres, porque es tuyo, y no
quieres que se quede ahí, porque sigue siendo tuyo, y sabes que no lo vas a
poder arreglar pero insistes como si te fuera la vida en ello, porque ostias,
si es que es tuyo, y está ahí, y no es malo, en serio, sólo hay que
adecentarlo, aunque parezca que no se puede… Otras veces no fuiste menor de
edad cuando cometiste el delito, eres culpable de haber empezado por donde no
tocaba, te faltaban ciertos mimbres antes de lanzarte al camino como Marco con
su mono, pecaste de suficiencia, o simplemente no sabías qué querías o a dónde
te dirigías… ¿Y ahora qué, listo? Pues ahora o te la envainas y aceptas que eso
va a tener que dormir el sueño de los justos por una temporada, permitiéndote
tomar aire y que no te estanques, o haces caso a Juan Díaz y “sacrificas a tus
hijos”, al menos a una parte para salvar al resto, o le echas lo que tú y yo
sabemos, de verdad, y la acabas de una vez, aunque sea por las bravas y el
resultado no se parezca demasiado a ese ideal que siempre rondó tu cabeza. Otra
solución no veo, socio, así que mejor que te decidas pronto, antes de que te
agobies demasiado. Además, y ésta es de mi cosecha, no tiene mucho sentido
aferrarse a los relatos antiguos, los mejores siempre son los que están por
llegar.






En fin, hermanas cabritillas que una vez más acudís a
este rincón para saber de los depredadores que os acechan entre tantos eventos
y actividades que pueblan vuestro espacio de solaz, hasta aquí llegó la segunda
entrega de “El Hombre y la Letra”,
que espero pueda salvar a alguna de esos momentos de frustración y desencanto
de los que hablé al principio. Por último, me gustaría insistir en que uno, por
muy por encima de esto que se piense, siempre está a merced de estos u otros
depredadores, que nunca se debe perder la perspectiva y despistarse; vaya, que
no me seas tan pagado de ti mismo, porque esos pagos no rentan.





III




Qué, ¿hace falta que lo diga? Buscador, reproductor…
Ahí está la que tenía que estar, la sintonía de “El Hombre y la Tierra”. Vámonos que nos
vamos.






Una vez más, amigos, estamos aquí para asistir a la
gran tragedia de la vida, la lucha intemporal entre depredador y presa, la
existencia llena de peligros y acechanzas del aficionado-cabritilla. Volveremos
a contemplar su lucha diaria por llegar a un próximo amanecer sin haberse
topado de frente con el desencanto. Ya quedaron atrás el ditirambo tóxico, los concursos
de pago
y la maldición de la
no-ubicuidad
, el incidente de la
historia recurrente
, el comentarista
feroz
, y la historia de la novela
interminable
. Todo eso quedó atrás. ¿También quedaron atrás los peligros?
No, me temo que no. Nuestro aficionado-cabritilla siempre será presa; no cambia
el juego, cambian los rivales…






Cuentan las sagradas escrituras que un día la
pantalla de tu ordenador se volverá negra como tela de cilicio, y que tu torre
soltará chispas como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un
fuerte viento. Tus textos, todos tus textos, se desvanecerán como un pergamino
que se enrolla. Y los reyes de la tierra, y los grandes ricos, y los capitanes,
los poderosos, y todo siervo y todo libre, llorarán por algo, por lo que sea; pero
tú llorarás por una cosa muy concreta: ¡te ha llegado el Apocalipsis digital! Ya, hombre, ya. Cómo no, yo sé que tú
guardas todos los días la información en cd o en el lápiz de memoria, el mismo
que usas para hacer guardados periódicos de lo que estás escribiendo, que
también guardas información en cuentas de correo e imprimes regularmente lo que
escribes. Que sí, hombre, vale, que tú guardas. Pero mira para allá. Sí, justo
allí, el chaval mohíno que mira su reflejo en el estanque. Él fue un
aficionado-cabritilla de pro. Nunca colgó muchos textos por ahí, ni los pasó
para comentar y demás. No, estaba preparando muy en privado una antología y una
novela… “Una maravilla”, o eso decía él. Por desgracia, entre sus virtudes
nunca estuvo la de ser previsor. Él no hizo copias de sus trabajos, al menos de
esa antología y esa novela con la que iba a aspirar “del Nadal para arriba”… y
eso propició la tragedia. Él, aparte de un aficionado-cabritilla de pro,
siempre fue también un amante de los animales, en especial de los perros. De
últimas tenía uno nuevo que era muy simpático y juguetón, muy trasto también, y
un poco cabroncete, y otras cosas más que no digo porque suenan mal. El
veterinario incluso le había sugerido caparlo para calmar a semejante demonio
de Tasmania, pero él nunca quiso, le parecía una crueldad. Cierto día, el
animal alzó la pata como se alza el astro rey para anunciar un nuevo día, y un
chorrito áureo trazó parábola fatídica en dirección a ese ordenador sin carcasa
porque en esa ciudad en agosto el ordenador se sobrecalienta. Fue como Sam en
los Puertos Grises, llorando la despedida de lo que podría haber sido más que
una gran amistad: adiós Nadal, adiós Planeta, adiós Cervantes… adiós…
Estocolmo… A la semana siguiente se llevó a cabo la castración que el
veterinario le había sugerido para controlar los nervios del perro y que no se
meara por casa. Y desde entonces él, que fue un aficionado-cabritilla de pro,
vaga por ahí, mirando todo reflejo para ver si aún sigue teniendo la cara de
tonto que se le quedó después de aquello.



(Y habrá por ahí algún malvado que diga: “Pero esto
es igual que lo del incidente de la
historia recurrente
.” Pues sí, en cierto sentido, pero me quedaban por ahí
un par de chistes, ¿qué hago?)






Observen el aficionado-cabritilla de lomo plateado
que otea lontananza desde aquella loma. Parece como si el viento agitara sus
orejas, como si las meciera en una suave danza con aroma a despertar. No, no se
equivoquen, ese temblor son nervios, el tic que tiene desde hace unos días. En
efecto, está a la espera de noticias acerca de cierto concurso. Y es que tiene
un pálpito, hay un algo que flota en el ambiente, eso que notan los
aficionados-cabritilla como los perros hacen cuando se acerca un terremoto o
una erupción volcánica. Además, ojo, que no ha mandado cualquier “relatillo”
olvidado de su disco duro, la duda ofende, ha mandado “ese relatito bravo que
nasió pa semental”, el que escribió en aquella tarde mágica de retozos con la
musa. Tampoco es que se trate del concurso de los concursos, ni mucho menos que
lo vaya a sacar de pobre; es más que nada por si le piden un currículum
literario no tener que plantarse en un parco “a mí es que me gusta mucho
escribir… y eso…” Un correo se posa suavemente en su cuenta. A simple vista es
un espécimen conocido, de la familia de los aviso-de-concurso. Lo abre con
sigilo… no es un aviso privado; tampoco tenía por qué serlo… el acta del fallo…
lee de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba… no puede ser, lee de arriba
hacia abajo, de abajo hacia arriba… apurando sus reservas de moral y amor
propio vuelve a leer de arriba hacia abajo, y ahí se planta. Tranquilo, mi
niño, no me llores, que hay gente leyendo esto. El “relatito bravo que nasió pa
semental” a veces no atina y hay que esperar a que venga el mamporrero, no pasa
nada, no te sulfures y, sobre todo, no te leas los relatos que amablemente han
colgado los de la organización, los tres ganadores. Ya te lo he dicho más de
una vez, porque te conozco: espera un tiempo, al menos hasta tener ese texto mandado
a otro sitio… chiquiiiiillo, que te he dicho que esperes… ¡chiquillo! Ea, ya
estás mosqueado. No, si ya lo sabía yo. A ver cómo te explico yo ahora que tú
lo que tienes es un problema con la
diferencia entre lo bueno y lo oportuno
sin pasarme mucho de palabras, que
ya voy muy pasado… Venga, como en el Un Dos Tres, yo soy el Presentador y a mi
lado, concursando, la Entidad Ficticia
Genérica número 1 y la Entidad Ficticia
Genérica número 2.



P: A ver, por veinticinco céntimos de euro, razones más
o menos espurias por las que el magno texto de nuestro amigo el
aficionado-cabritilla no se ha llevado la prez en este concurso, como sí ha
hecho, por otra parte, “¡¡ese otro texto aborrecible que hay que tener mandanga
para darlo como ganador, malditos, que el barquero pierda vuestras almas y os
paséis penando toda la eternidad!!”, como por ejemplo que su carta no llegó. Un
dos tres responda otra vez.



EFG1: Porque su carta no llegó.


EFG2: Porque sus copias fueron las que se pringaron
de aceite cuando el que las tenía que repartir se paró un momento en el bar de
la esquina para tomarse una tostada.



EFG1: Porque no es lo suyo meter esos chistes
irreverentes cuando dos de los tres miembros de los que constaba el jurado
pertenecen al Opus Dei.



EFG2: Porque, fíjate tú qué mala suerte, el que
decidía sobre su texto tiene un niño que no veas tú si da porculo (con perdón),
y justo cuando se estaba leyendo el suyo se puso a petardear por la casa… ¡me
cago en tu padre, niño!



EFG1: Porque es posible que estuviera un poco confundido
con lo que significan ciertos nombres de géneros.



EFG2: Porque a lo mejor aún no ha asumido que “tema
libre” normalmente significa “tema libre salvo esos temas que todos sabemos”.



EFG1: Porque el carnicero ayudante del alcalde que
gusta de leer a Calderón de la
Barca, su poco de don Benito, y alguna relectura de pasajes del
Quijote, y que poco más que por eso se prestó a la vaina esta de ser jurado, no
está para sus experimentos literarios.



EFG2: Porque una palabrota que en un sitio puede
quedar “chachipiruli”, en otro puede sonar fatal o ridícula.



EFG1: Porque lo mismo al del jurado no le gusta ver sus
ideas políticas escondidas tras el texto, sobre todo si es un concejal del
color contrario.



EFG2: Porque, y esto no lo digo con segundas, ¿y si
los que le decían al otro que su texto era el mejor tenían más razón que los
que se lo decían a él, aunque no se lo parezca?



¡¡SIRENAS!!


P: ¡Alto ahí! Oigamos la voz del Autor Orgulloso y Ofendido.


AOO: ¿Pero tú tienes ojos en la cara? ¿Cómo que esa
mieeeeerda es mejor que mi obra maestra?



Bueno, bueno, haya paz, recurramos al socorrido “para
gustos los colores”, achaca el “fracaso” a cualquiera de las razones expuestas
u otra que se te pueda ocurrir, excluyendo si quieres la posibilidad de que el
otro sea mejor, y déjalo pasar porque, total, hay concursos para que te lleves
toda la vida participando y aun así no lo hagas en todos. ¿Que no te vale con
eso y sigues ofendido? Bueno, pues si quieres me pongo contigo y les mandamos a
los del jurado unos anónimos amenazantes del tipo: “Cuando os pidieron un fallo
no se referían a eso, ¡mamones! (con perdón también, que aunque sea un anónimo
amenazante no hay que perder las formas)”. Y ya si sigues sin estar conforme
porque lo tuyo es inclinación a la pesadez… qué quieres que te diga, que tú
mismo con tu mecanismo y que mal lo vas a llevar si te niegas a asumir que en
esto de los concursos la excepción es el éxito, no el “fracaso”.






Ahí está, tras la valla, prisionero. En su mirada
baja, en su andar cansado, en sus balidos lastimeros, el aficionado-cabritilla
cautivo se consume como una llama en la tormenta. Tras los barrotes contempla a
los otros aficionados-cabritilla en sus retozos literarios, cómo juegan unos
con otros, cómo se divierten. Poco a poco se anima, él también comienza a
saltar, tratando de llamar la atención, por ahí tiene unos cuantos relatos escritos
a hurtadillas y muchas ganas de compartirlos y ver los de los demás, quizá
probar suerte en algún e-zine o concurso, entrar en algún círculo de
comentarios… Entonces, a su espalda, se oye el grito rapaz, la admonición
cruel, la respuesta castradora que algunos aficionados-cabritilla reciben a
cambio de su esfuerzo creativo: “¿Ya estás otra vez con la tontería?”. Es la
voz de la pareja/padre/madre y/o responsable autonombrado para administrar su
tiempo y convertirlo en una persona de provecho que tira para adelante y gana
dinero porque no está la vida como para perder el tiempo con tonterías, que hay
que pensar en el futuro y quitarse los pajaritos de la cabeza…



Esto es así, por desgracia no todo el mundo cuenta
con un entorno favorable que no sólo permite sino que en muchos casos anima el
ejercicio de la afición, o incluso está ahí para ser el primer testador de la
obra recién escrita. Hay aficionados-cabritilla sometidos a la draconiana
influencia del prurito del pragmatismo,
aquel que dice que todo lo que no sirva para sacar dinero de manera rápida y
segura o añadir líneas al currículum vitae que abran nuestra perspectiva a
nuevos horizontes laborales es tiempo perdido “Que te vas a quedar ciego de
tanto leer, niño, ¿y todo para qué?”. De nada le servirá entonces a nuestro
aficionado-cabritilla apelar a que la suya es una afición enriquecedora
“¿Enriquecedora? Pues yo no veo los dineros por ninguna parte…”, o reclamar un
tiempo de esparcimiento con el que compensar los agobios y el estrés de la vida
“¿Esparcimiento? ¡Un pico y una pala te daba yo a ti! ¡Cómo se ve que no habéis
tenido noticia del hambre en toda vuestra regalada vida!”, o simplemente
reclamar esa cuota de tiempo para uno mismo a la que se supone todo el mundo
tiene derecho “¿Cómo que tiempo para uno mismo? ¿Y yo qué? Con que tiempo para
ti mismo, ¿no? Ya, ya vendrás detrás mía, y ¿sabes lo que te voy a decir
entonces? ¡Que quiero tiempo para mí misma!”…



¿Qué hacer ante tamaña injusticia, cómo luchar con
semejante injerencia torticera? Difícil responder porque, aunque siempre se
pueden hablar las cosas y llegar a acuerdos, de poco servirán las palabras si
no se admite la afición por la afición. Las preces en concursos pueden ayudar,
pero no es fácil conseguirlas, no al menos con la asiduidad que las convierta
en un sobresueldo más o menos estable, no al menos para la gran mayoría. Y no
hablemos de enseñar nuestras publicaciones, pues los más recalcitrantes son
capaces de echar cualquier ilusión abajo con un lapidario “Sí, muy bonito el
libro, pero ¿cuánto has sacado con él?”. Quizá la única solución sea aferrarnos
a nuestra individualidad y tratar de defender nuestro espacio… sin temor a las
represalias… o quedarnos tras la valla, prisioneros, contemplando cómo los
otros aficionados-cabritilla juegan unos con otros, cómo se divierten… sin
nosotros…






Bueno, aficionados-cabritilla, hermanos y hermanas
que compartís la columna desde la otra orilla de estas líneas, hasta aquí la
tercera entrega de El Hombre y la Letra.
Como siempre os emplazo para la próxima, en la que hablaremos
de más peligros de los que acechan a nuestra comunidad de
aficionados-cabritilla. Hasta que llegue ese momento sólo una cosa me queda por
deciros: mucho ojo, que el peligro sigue ahí fuera…




IV




Ya se escucha la tonada del maestro Antón García
Abril, ese inicio como de amanecer, y de fondo, subiendo poco a poco, terminando
de emerger, la melodía de sabor étnico, aroma a selva y ritmo de aventura que
nos mete de lleno en la acción. Así comenzaba El Hombre y la Tierra; así comienza El
Hombre y la Letra.






Bienvenidos todos (déjame hacerme la ilusión de que
al otro lado hay multitud) a esta nueva entrega de El Hombre y la Letra. Bienvenidos
a esta fiesta de la vida, a este canto a la naturaleza, al mirador desde el que,
en cada ocasión que se nos brinda, tratamos de centrar la atención en esos
detalles más o menos grandes, más o menos habituales, que siembran el
desencanto entre las filas de nuestra comunidad de aficionados-cabritilla. Hoy
traemos a colación tres nuevos peligros que, si bien a algunos ya les sonarán
de algo, o incluso les son de sobra conocidos, quizá otros aún no tengan
noticia de ellos, y sólo por brindar consejo a estos últimos merece la pena que
insistamos en sus características, la manera de identificarlos, la forma de
huir de sus ansias predadoras...






La primera imagen que quiero poner hoy frente al ojo
de vuestra mente es la de un arqueólogo que rebusca entre polvorientos legajos
el rastro de una vieja leyenda de la que alguna vez tuvo noticia. Se trata de
un murmullo que cíclicamente regresa a los mentideros de los
aficionados-cabritilla y que todos conocen como la leyenda de los compañeros invisibles. Nadie sabe quién la contó
primero, ni cuándo se tendrá noticia de la próxima reformulación del mito que
alguien diga haber sufrido en carnes propias. Aquí sólo podemos especular con
una historia-tipo que, si bien no es igual a ninguna otra de las que se cuentan
(sean reales o ficticias), sí que mantiene el espíritu, la esencia del problema.
Por eso, imaginad al arqueólogo que dije, no un Indiana Jones de látigo fácil,
irresistible atractivo y una frase ingeniosa siempre a mano, no, más bien un vejete
miope, huraño y achacoso, que aparta la mugre a soplidos y tose por la
polvareda levantada mientras identifica con ilusión aquello que andaba
buscando. Se trata de un viejo códice que cuenta, a modo de poema épico, las
aventuras de un grupo de aficionados-cabritilla que un buen día se embarcaron
en un proyecto común. Todos se conocían principalmente a través de Internet, y
después de bastante tiempo compartiendo foros, comentarios y juegos varios,
decidieron que era el momento de lanzarse a por metas más ambiciosas. Pensaron
que el material humano del que disponían estaba preparado y era suficiente, se
marcaron una serie de objetivos ajustados a sus posibilidades pero exigentes,
hicieron reparto alícuota de las tareas a cumplir y se lanzaron a la aventura.
Todos comenzaron con mucho entusiasmo, cada uno a su ritmo pero en general con
ganas. Pasado un tiempo uno de ellos miró para los lados pensando pedir ayuda a
cambio de lo que estaba aportando y creyó notar algo, como que faltaba alguno,
pero no dijo nada. Más tarde otro de ellos tomó la iniciativa en un asunto que
se estaba atrasando, y a la hora de buscar quien se pusiera con él a la tarea
también miró par los lados… y éste sí podría haber jurado que faltaba gente…
pero tampoco dijo nada… Ya habían pasado el ecuador del proyecto y las cosas
seguían para adelante, aunque con retrasos y bastante esfuerzo, más de lo
esperado. O eso le parecía a algunos que hacían cuentas de las tareas a cumplir
y el tiempo a invertir, lo dividían por el número de compañeros nominales, y
nunca les cuadraba la división… Llegando las postrimerías de toda esta aventura,
cuando ya el trabajo de verdad estaba concluido y sólo faltaban por cerrar
algunos huecos, decidir los últimos detalles, tomar partido en lo que más que
nada es la celebración por el trabajo bien hecho que a algunos les había
costado sangre, sudor y lágrimas, uno de estos últimos miró para los lados,
contó a la multitud, calculó todo el esfuerzo que él había invertido… y no le
cuadraron los números, no terminaba de estar convencido. Después escuchó
motivos y razones, excusas e historias, y tampoco quedó muy convencido. Al
final lo que hizo fue aplicarse las excusas, considerar el tiempo invertido en
términos personales, calcular los proyectos propios a los que podría haber
puesto la palabra “Fin”… y entonces sí que acabó convencido… convencido de que había
hecho el tonto de mala manera.



Seguro que esto le suena a más de uno, a cualquiera
que se haya embarcado en alguna aventura común. Es un mal extendido o más bien
una característica inherente a las relaciones humanas a la que ni siquiera se
le puede llamar “mal”, por mucho que socave ese asociacionismo que tan buenos
frutos podría dar en circunstancias normales. Solución o prevención no existe,
más allá de saber elegir compañeros de viaje, y ni siquiera eso garantiza nada.
De hecho, si hay que ser sinceros, ¿quién no ha sido invisible alguna vez, sea
por lo que sea, con excusa negociable o no? ¿Tú? Pues ya sabes que puedes
arrojar la primera acusación personal; yo por mi parte no puedo…






Érase una vez un aficionado-cabritilla que deambulaba
por el bosque literario de camino a casa de la abuelita-edición. Llevaba en su
cestita una novela que, si bien no era ninguna maravilla, pues se trataba de
una obra primeriza, era SU novela primeriza, y le tenía cariño, así como el
beneplácito de algún amigo o conocido que le había recomendado probar suerte en
editoriales mejor que dejarla pudrir en un rincón de su disco duro. Y eso era
lo que él tenía en la cabeza, nada de comenzar una fulgurante y esplendorosa
carrera de escritor, hacerse rico y famoso, sino simplemente probar suerte y,
si le era favorable, sacarse la espinita aunque fuera con una tirada mínima,
ver el fruto de su hacer literario en su estantería y poderlo compartir con
otros; nada más. Ya llevaba unos cuantos noes acumulados, pero tampoco le
importaban porque, total, lo suyo era buscar el sonido de la flauta. Entonces
se topó con el lobo-editor, que andaba al acecho de tiernos
aficionados-cabritilla. El lobo-editor, que nada más percatarse de su aire
desorientado lo había catalogado como presa propicia, trabó contacto con él, se
enteró de su historia y comenzó con su trabajo, el ejercicio de la coedición fraudulenta. Primero se
identificó como editor, pero no un editor cualquiera, sino un editor modesto,
comprometido y con visión de futuro que, ¡oh dioses del Olimpo!, acababa de
toparse con un diamante sin pulir, talento puro hecho prosa, una veta que una
vez explotada “ríete tú de la
Rowling y el Brown, campeón”. Le explicó que había un camino
más corto para llegar a casa de la abuelita-edición y se ofreció como guía,
padrino y compañero de viaje. Y nuestro aficionado-cabritilla… pues era una
criatura de Dios, con su ego y sus cosas, con su inocencia, y se lo creyó todo.
El sistema que le propusieron era extraño, e implicaba un desembolso por su
parte que salía tanto más rentable cuantos más libros pidiera, y aunque él
nunca había pensado en ser ambicioso “Quien no arriesga no gana, se trata de
dar el pelotazo, campeón. Si lo que quieres es vender unos poco libros, pues
eso; ahora, si lo que quieres es triunfar…”. Total, que hizo el trato y pidió
sus libros, él puso la novela y su compañero de viaje la “maquetó”, la
“ilustró”, la “corrigió”, y todo lo que hizo falta. Cierto día a nuestro
aficionado-cabritilla lo llamaron para anunciarle el parto y lo emplazaron para
entregarle los libros y hacer la presentación oficial. Cuando le echó el ojo al
material, y por supuesto sin querer desconfiar de la sapiencia editora del
lobo-editor, notó que su aspecto era peor que el de cualquiera de los libros
que tenía en su casa, caros o baratos, viejos o nuevos, pero “Tú no te
preocupes por eso, campeón, que ha sido un pequeño error de imprenta. Eso
cuando se acabe la primera tirada dentro de poco y saquemos la segunda se
retoca y éstos se convierten en incunables, material de coleccionistas; lo que
yo te diga”. Después llegó el día de la presentación y cargó con sus libros
hasta un oscuro antro perdido en un barrio de la periferia sobre cuya entrada
colgaba un rótulo en el que ponía “Peña cultural rociera Salto de la berja”. Allí, aparte de haber un buen número de
veteranos del solysombra, jinetes de tragaperras y demás fauna tasqueril que
saturaba aquel local con olor a orines y tabaco e imágenes del Rocío, no creyó
sentir lo que él había imaginado como “ambiente literario”, pero “Esto es el
pueblo. Escúchame, tratamos de vender la novela del futuro, la que no va para
unos cuantos gafapastas que no ven más allá de sus gurús trasnochados, esto es
novela de calle, esto es la calle; lo que yo te diga, campeón”. La presentación
no fue ni bien ni mal, si acaso un poco costosa: el lobo-editor habló de su
libro y se marchó para otra presentación, después habló él, y el turno de
preguntas se redujo a la que hizo un individuo acerca de si habría una “segunda
convidá”. Un par de libros se mancharon de cerveza, y otro de lo que fuera que
tenía en las manos el de la “segunda convidá” que pasó para recordarle su
pregunta, catar un poco la obra, y marcharse a pensarse la compra, pero el
único libro que vendió fue el que le compró el dueño del bar con una pequeña
parte de la “primera convidá” que el lobo-editor se había olvidado de pagar. A
partir de ahí no volvió a tener contacto personal con él, aunque sí telefónico.
El lobo-editor le explicó que estaba un poco saturado de trabajo, pero que en
cuanto pudiera se ponía otra vez con lo suyo “Tú no te preocupes, campeón, que
lo único que hace falta es insistir. Apúntame bien estos nombres que te voy a
dar y dices que vas de mi parte, que yo si puedo sacar un rato te acompaño en
alguna visita”. El lobo-editor no sacó
ese rato para acompañarlo, y cuando fue él por su cuenta algunos de aquellos
sitios no existían, y en otros no conocían al lobo-editor ni estaban
interesados en su obra.



A día de hoy nuestro aficionado-cabritilla ha
superado ya aquel recuerdo, aunque en uno de sus armarios hay unas cuantas
cajas de las que no quiere hablar, ni oír hablar, ni ver ni que se las enseñen
ni que nadie las vea, unas cuantas cajas tan voluminosas y pesadas como la
sensación de ridículo que le embarga cada vez que recuerda su historia.






Ahora… ahora parece que se acelera la imagen, ¿qué
pasa? Se ve al aficionado-cabritilla a cámara rápida, se despierta, va al
trabajo, de allí sale pitando para recoger a los niños a la salida del colegio,
les va preparando la comida en espera de su esposa. Después tiene que ir a un
mandado, y a lavar el coche, y a echar gasolina, y hay que recoger la
televisión, que se la estaban arreglando, y después asistir a la reunión
vecinal, y una vez en casa ejercer de esposo y padre, y de familiar y anfitrión
para su cuñada que se presenta en casa con su suegra, y luego se van, y está
cansado, y es muy tarde… mejor se pone mañana a escribir esa historia que le
ronda la cabeza. Las horas vuelan, sueño insuficiente, el aficionado-cabritilla
se despierta, va al trabajo, sigue un buen rato más allí porque la cosa está
muy mal y hay que echar las horas extras que haga falta, y luego llega a casa y
come tarde, tanto que no le da tiempo de echarse una pequeña siesta cuando ya
tiene que llevar al niño a clase de kárate, y a la niña a entrenar con el
equipo de balonvolea. Después toca comprar unos apliques que tiene que colocar
en el cuarto de baño, y pagar la luz y el agua y llamar al asesor fiscal a ver
si puede ser que le devuelvan algo, y entonces se le echa encima la hora de
recoger a los niños, una vez en casa espera hasta que llega su esposa que
también ha tenido que echar horas y llega con un humor de perros, y tiene que
ejercer de sparring mientras ella se desahoga, y ayudar al niño con los deberes
mientras la madre llama por teléfono al párroco por lo de la comunión, y al del
salón de celebraciones, y al muchacho que les está preparando las estampitas
conmemorativas. Después toca ayudar un poco con las tareas de casa que ya se
estaban atrasando, ejercer un poco más de padre y esposo y, visto que vuelve a
ser muy tarde y está cansado, posponer un día más su sesión de escritura…. ¿Os
va sonando de algo? Me extrañaría que no fuese así porque se trata del mal más
extendido dentro de nuestra comunidad de aficionados-cabritilla, la plaga que
asola nuestras filas y anula tantas aficiones, la maldición de Cronos. Ya sea por trabajo o búsqueda del mismo,
estudios y exámenes, compromisos sociales de todo tipo y esa infinidad de
prosaicas actividades que tenemos que llevar a cabo si queremos seguirle el
paso a esta sociedad en la que vivimos, montones de camaradas ven cómo pasan
los días sin que sean capaces de juntar unas cuantas palabras, cómo las ideas se
pudren en sus mentes, cómo cualquier proyecto se vuelve imposible. Solución, me
temo, no hay. Hay casos es los que a través de concursos o algún inesperado
éxito editorial algunos han conseguido hacer de la afición profesión y sacar el
tiempo de su cuota laboral, pero son minoría. La mayoría, sin embargo, tendrá
que esperar pacientemente a que la cosa afloje, o a que lleguen vacaciones y al
menos parte de éstas las pueda ocupar en su afición, o, simplemente, olvidarse
de todo por tiempo indefinido… quizá definitivamente…






Amigos, una vez más hemos llegado al final de El
Hombre y la Letra. Aquí
lo dejamos por hoy con la ilusión de haber sido de ayuda para algún
aficionado-cabritilla que haya podido evitar el desencanto gracias al aviso, o
que al menos no se sienta solo con su problema. Si no ha sido así al menos se
ha intentado, se ha dado la alarma y, sea ésta escuchada o no, interese o no, la
tarea solidaria de intentar echar un cable está cumplida; ojalá cunda el
ejemplo.




V




Tócala otra vez, Sam, que diría aquel. Pero en esta
ocasión no voy a pedir que pongan la tonada del maestro Antón García Abril.
Pongan esa otra, As time goes by, el
fragmento que suena en Casablanca… al menos por ahora…






Queridas hermanas-cabritilla, ya llegó la quinta
entrega de este documental narrado en el que hemos tratado de poner luz y
taquígrafos sobre esos laberintos en los que algunas veces nos metemos y en los
que terminamos perdiendo las ganas de todo. Lo que empezó como la suma de un
par de chistes con los que rellenar una columna se ha convertido en una larga
fila de palabras que nos traen hasta el momento presente después de haber hecho
parada y fonda en tantas anécdotas, gracietas sin gracia y vacuos soliloquios.
Aquí están las últimas peripecias de nuestro aficionado-cabritilla al que,
fíjate tú qué cosas, el que suscribe ha terminado por tomarle cariño, sobre
todo por la multitud de palos que se ha llevado en su particular valle de
lágrimas literario. Ha llegado la hora de despedirnos de él y decirle que
siempre nos quedará Internet…






… y ahora sí, pongan la otra melodía…





¿Lo ven? Ahí está como siempre. Pobrecillo, le pasa
de todo, es el pupas del rebaño. De últimas vuelve a padecer una de sus
dolencias, una especialmente extraña, y ya no sabe qué hacer. A ver, con extraña lo que quiero decir es que no sé
si voy a saber explicarme bien, o que por muy bien que yo me explique nunca va
a poder quedar del todo claro algo tan subjetivo/¿surrealista? Voy a hablar de
lo que yo llamo inadaptación al statu quo
(a la salud de otro compadre), y con esto me quiero referir al problema que
para muchas personas supone todo eso que, al igual que en cualquier otra
actividad humana, rodea, empapa e incluso muchas veces influencia de manera
clara el ejercicio de la afición… sin ser literatura. ¿Vamos viendo por dónde
van los tiros? Sí, hombre, sí, piensa como sueles pensar de ese antiguo novio
de tu parienta del que aún no se ha olvidado. Son ese tipo de cosas de las que
sólo se habla cuando no va a quedar constancia… que si fíjate tú qué
coincidencia de nombres… que si yo me leí el ganador y vaya tela… que si este
año le toca a la otra y verás como sale… que si más que para ponerla a la venta
es para darle con ella en la boca… que si éste tiene padrino, el otro cuñada y
la otra familia numerosa… Como dije antes, esto supone un problema para ciertas
personas, de hecho lo supone para todo el mundo porque a nadie le gusta
enterarse de que las reglas del juego al que juega no son iguales para todos, y
el fenómeno se da a todos los niveles, en todos los círculos, también en el
mío, que en parte es el tuyo si estás leyendo esto, aunque luego pueda variar
de intensidad de unos a otros. Es algo que todo el mundo tendría comprender
porque es connatural a la relación social humana. Y digo comprender sin tener
por qué decir tolerar o aceptar, que ése es el problema. El
aficionado-cabritilla del que estamos hablando o no lo consigue comprender, o
cree que comprender es lo mismo que tolerar o aceptar, y ahí se equivoca. No
tiene sentido sentirse cómplice de algo que viene de mucho antes de nuestra
llegada y que seguirá cuando nosotros ya hayamos pasado, ni se debería caer en
la ingenuidad de creer que en otros lares es oro todo lo que reluce. No lo es,
nada es puro ni perfecto, así que mejor aplicarse en lo que se pueda disfrutar
tratando de no mancharse uno de lo que no se quiera manchar, porque la
alternativa de ser niño-burbuja o ermitaño literario no es práctica ni tiene
sentido en los tiempos que corren, ¿no crees? Parafraseando a D. Mustaine en su
Peace sellsIf ther´s a new way i´ll be the first in line, but it´s better work
this time
… por si acaso…






Mírala, mírala, ¡como loca va! ¿Qué le pasa? Ay que
me parece que sé lo que tiene: fíjate en esos ojillos, esa mirada vidriosa, los
moquitos que tiene y los espasmos que le dan. Otra que se ha contagiado,
¿cuántas van ya? Y lo peor es que no se sabe si se transmite por el aire, por
contacto directo en foros, en presentaciones o convenciones, o váyase usted a
saber. Se la conoce como la fiebre del
papel
, y me temo que no existe vacuna o tratamiento efectivo al cien por
cien. Es común un primer acceso leve a inicios de la afición, ese gusanillo de
verse en alguna revista o antología impresa para poder sentirse uno más cerca
de los que tiene en la biblioteca. Una pequeña veleidad sin contraindicaciones
que tal como viene se va, dejando un regusto dulce y un recuerdo en la
estantería. Salvado este primer contacto se supone que ya no debería haber
problema, las cosas seguirán su curso y unas veces nos veremos aquí, otras
allí, y si se tercia y somos diligentes incluso veremos nuestra novela u
antología propias, sin olvidar por supuesto el sano ejercicio de participar en
e-zines, webs, blogs y otros tantos medios de publicación, porque estos
seguirán ahí, y seguirán siendo una estupenda forma de que nos lean. Pero de
últimas parece que para muchos esto no es suficiente, que lo único que importa
es el papel, venga este como venga, se imprima en este lo que se imprima, y si
alguno por lo que sea no consigue verse encuadernado se frustra, se desencanta
o se rebela contra el sistema que parece negarle un derecho constitucional.
Otros manifiestan los síntomas actuando como si el ser impreso añadiera
cualidades literarias a lo escrito y estableciendo arbitrarias gradaciones en
su mente. Y también los hay que incluso se olvidan del viejo gusto por ser
leído y no ven más allá del ansia por la pasta de celulosa, rechazando
involucrarse en nada que no se presente en este formato. Creo que es un error,
que la publicación tradicional bien vale como medio pero puede ser realmente
negativa si se convierte en finalidad, sobre todo si la epidemia se convierte
en pandemia, porque se banaliza el logro, porque se vulgarizan los catálogos, y
porque se pierde el imprescindible tránsito pedagógico que a base de tropiezos
garantiza poder andar con paso firme una vez subamos al estrado y no hacer el
ridículo.



No sé, tal vez sea hacer un brindis al sol el hablar
de esto, porque como ya dije arriba no existe vacuna ni tratamiento posible
para la enfermedad, y la epidemia avanza. Hace no mucho un amigo me sugirió que
la forma de hacer una publicación electrónica atractiva para el autor es
pasarla al papel, y por mucho que no quiera estar de acuerdo con él, por mucho
que me duela, tengo que darle la razón… porque la tiene.






Hay un mal muy difícil de diagnosticar, un mal que
pasa desapercibido y vuelve invisibles a muchos aficionados-cabritilla que de
no padecerlo estarían por ahí, retozando con el resto de camaradas, compartiendo
textos y vivencias. Se trata del síndrome
de la autocrítica castradora
y, ya sea una consecuencia derivada de un
encuentro con el comentarista feroz,
o por haber quedado mal clasificado en alguna contienda de relatos y no conocer
la diferencia entre lo bueno y lo
adecuado
, o por no haber sido capaz de colarse en alguna antología
concreta, o por lo que sea, hace que muchos aficionados-cabritilla se retraigan
en sucesivas ocasiones que tengan de compartir sus textos o probar suerte con
ellos. En algunos casos la dolencia es leve y apenas significa no participar en
algún concurso, cuestión de no considerarse preparado o con suficiente nivel
incluso para hacer en intento. En otros casos el mal se agudiza, la percepción
del autor sobre su obra se distorsiona hasta el punto de no ver nada positivo
en ella, de considerarse un caso perdido, totalmente falto de talento y sin
posibilidad de mejorar en ningún aspecto de ninguna manera. Es muy fácil que
este tipo de aficionados-cabritilla dejen de prodigarse como autores; no quiere
decir que no escriban, que muy probablemente lo sigan haciendo, aunque cada vez
con menos asiduidad, sino que dejan de mostrar lo que escriben, sus obras pasan
directamente del escritorio a la carpeta de desechos cuando no a la papelera de
reciclaje. También los hay que no necesitan influencia externa para adquirir
esa hipersensibilidad respecto a sus propios escritos, me refiero a esos
individuos con los que te encuentras y hablas de libros, ávidos lectores y con
criterio a la hora de comentar un relato, pero que en un primer contacto nos
dicen que no escriben, que ellos sólo leen, que no tienen imaginación, o tiempo
o lo que sea para dedicarse a ello. Más tarde, con un poco más de confianza y
quizá alguna copa, nos revelan que sí, que algo tienen por ahí, algún textito
suelto que no va a ningún lado. Al final, cuando se sueltan y por fin nos dicen
la verdad, es cuando nos enteramos de que sí tienen material por ahí, tanto como
cualquier otro y que una vez catado resulta que no como cualquier otro, sino
mejor que muchos, con calidad de sobra para sentirse orgulloso mostrándolos y
posibilidades más que ciertas de entrar en esa antología que, fíjate tú por
dónde, resulta que le hacía ilusión…



Qué decir a todo esto… Pues que se trata de una injusticia,
una injusticia que estos aficionados-cabritilla comenten con ellos mismos al no
darse siquiera la oportunidad de probar. Es imposible gustarle a todo el mundo,
así que no gustarle a algunos no significa nada; es imposible estar seguro de
que lo enviado a algún certamen es lo correcto, por la multitud de factores
incontrolables que pueden influir; no tiene sentido no escribir la novela que
quieres escribir porque no estás seguro de que te vaya a salir bien: si no te
sale bien ya podrás escribir otra. Enseñar tus textos, participar con los de
los demás en las actividades que se tercien, querido amigo, jamás implica algo
negativo: pueden gustar, y de ahí sacarás ánimos, un poco de satisfacción
personal y la seguridad de que al menos no lo haces del todo mal, quizá incluso
reconocimiento deseado en forma de premios o la posibilidad de verte publicado.
También pueden no gustar, pero incluso de ahí, si sabes aprovechar la lección
de la crítica, explícita o no, y usarla para mejorar, sacas algo positivo. Así
que, ¿a qué estás esperando? El ego es un problema tanto por exceso… como por
defecto; tú decides qué haces con el tuyo.






En fin, queridos hermanos-cabritilla, hasta aquí la
quinta y última entrega de El Hombre y la Letra. Supongo que a más de uno
se le vienen a la cabeza temas que se han pasado por alto, o matices ausentes
en los tratados que nos dejan con un cuadro incompleto o confuso. Si es así,
animo al que sea para que no se lo guarde para sí, para que los comente, aquí o
donde sea, para que corra la voz, para que nuestros depredadores lo tengan cada
vez más difícil a la hora de darnos caza y hacernos caer en el pozo del
desencanto. Por mi parte quedo satisfecho con mi modesta aportación, así que
aquí me planto hasta la próxima columna. Buenas suerte, camaradas.

_________________
A... a veces... veo cosas... El resto de las veces... estoy tan fumado que no veo un carajo...
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Canijo
Admin
Admin
avatar

Cantidad de envíos : 2834
Localización : Sevilla
Fecha de inscripción : 21/03/2008

MensajeTema: Re: Artículos de Canijo   Dom Ene 16, 2011 5:48 pm

Tres visiones de Solaris








Presentación-Una
idea peligrosa






Cuando desde la
dirección de Generación Zero se nos hizo saber que el siguiente número, el que
ahora mismo estás leyendo, versaría sobre Ciencia Ficción, fue casi instantáneo
pensar en Lem. ¿Por qué Lem? La lista de nombres que han escrito Ciencia Ficción
es casi inabarcable y, por suerte para los afectos al género, aquellos cuyas
obras son reseñables también se cuentan por decenas: Isaac Asimov, Philip K.
Dick, Arthur C. Clarke, Frederik Pohl, Orson Scott Card, Ray Bradbury, Dan
Simmons, H. G. Wells, el propio Howard Phillips Lovecraft en algunas
ocasiones... y esto sin ser exhaustivos con la recopilación de talentos, que
podría extenderse durante muchos más nombres y aun así siempre habría alguien
que nos acusaría de haber olvidado a su favorito. ¿Qué tiene, pues, de especial
Stanislaw Lem? La respuesta es compleja en muchos aspectos pero sencilla en
otros, pues si algo tiene Lem que no tiene nadie más es Solaris. Se pueden
alegar artefactos, teorías y personajes fabulosos; psicohistorias, replicantes,
dos mil unos, pórticos, Ender y los cerdis (sí, sí, los cerdis, esos seres
fantásticos y simpáticos incluso en los momentos más dramáticos, ¿quién no
querría un cerdi por mascota o amigo?)... pero quizá, y sólo quizá, Solaris
vaya más allá de todos ellos al condensar en menos de trescientas páginas
algunos de los temas más importantes de la Ciencia Ficción y, además,
ofrecer una lectura demoledora de uno de los pilares de las sociedades
desarrolladas contemporáneas desde finales del siglo XIX, la ciencia.



Sin
embargo, hablar de Solaris para plantear esto resultaría prácticamente baladí
desde el momento en el que basta con teclear autor y obra en tu buscador de
Internet favorito para encontrar cientos de entradas que lo dicen. ¿Qué
podríamos añadir que no hubiera sido dicho una y otra vez hasta casi llegar a conseguir
que el sentido final de la obra se diluya en la interpretación repetitiva, casi
canónica, de la misma? La respuesta está en sus adaptaciones cinematográficas,
tanto la rusa, firmada por Tarkovski en 1972, como la norteamericana de
Soderbergh, treinta años más tarde. Y, sobre todo, la visión de cómo la propia
historia de Solaris y la solarística, así como las ideas “peligrosas” que se
escondían tras ellas se van viendo matizadas, llegando incluso a desaparecer
conforme avanzan los años y los ojos que se vuelven hacia el cielo en busca de
respuestas cada vez se plantean menos preguntas. Así pues, pasen y lean la
triste historia de la decadencia de la solarística, de la capacidad de muchos
para poner en duda las verdades que nos venden como absolutas, y del apoteosis
de la ciencia.









Una
primera aproximación a Solaris-La pregunta sin respuesta






La novela de Lem
(1961)






Ficha
técnica:

Editorial / Colección: Planeta
de Agostini / Biblioteca de Ciencia Ficción
Género: Ciencia
Ficción
Edición: Cartoné



Páginas: 237
Año de la edición: 2006
Traductor: Matilde
Horne, F. A.
Diseño de portada:
Esteoeste
ISBN: 84-674-2624-1
Idioma: Español






Sinopsis:


El astronauta Kelvin
se enfrenta a una nueva modalidad de agresión, una especie de enorme
inteligencia oceánica que ocupa el planeta Solaris... Éste es el punto de
partida de una alegoría de la condición humana, condenada a no obtener jamás
respuestas definitivas a su ansia de conocimiento. En la novela conviven la Ciencia Ficción, el misterio y
el amor en un ambiente denso e inquietante, repleto de imágenes evocadoras y
pinceladas de ironía que la han consolidado como un clásico de la Ciencia Ficción.






Autor:


Stalislaw Lem (Polonia
1921-2006), científico, filósofo, ensayista y escritor de Ciencia Ficción,
considerado uno de los mayores exponentes del género y de los pocos que siendo
de habla no inglesa han alcanzado fama mundial con este tipo de historias
(llegó a ser nombrado miembro honorario de la SFWA, la asociación de escritores norteamericanos
de Ciencia Ficción y Fantasía, en 1973, aunque fue expulsado en 1976 por
declarar de baja calidad la literatura norteamericana de Ciencia Ficción).



Sus
novelas y relatos, normalmente cargados de sátira y contenido filosófico,
suelen abordar el tema del contacto entre la humanidad y otras civilizaciones o
formas de vida, la relación entre civilización y progreso científico, y la
cibernética en general, de la cual se consideró siempre un apasionado.



Crítico
con la ideología socialista imperante en su entorno, y en general pesimista en
todo lo concerniente a la condición humana, su orientación hacia la Ciencia Ficción fue más una
forma de eludir la censura y la persecución a la que sus ideas le avocaban, lo
que queda de manifiesto con al abandono del género tras el colapso de la Unión Soviética, pasándose por
entero al ensayo.



Su vida,
marcada en su juventud por la tragedia de la invasión nazi y la Segunda Guerra Mundial, en la
que participó como miembro de la resistencia polaca, y después por la ocupación
soviética y la asimilación del país dentro de su esfera de influencia, fue una
constante lucha por mantenerse al margen de la ideología socialista y todas las
imposiciones y encorsetamientos a los que ésta sometía a sus pensadores y
artistas (abandonó la carrera de medicina por diferencias ideológicas, y varios
de sus primeros trabajos fueron censurados, lo que le obligó a camuflar sus ideas
dentro del género fantástico), algo que conseguiría gracias a la profundidad de
sus convicciones e ideas, su talento literario, capaz de exponerlas de forma
que pudieran eludir la censura, y su creciente fama dentro y fuera de los
límites del Komintern, lo que le permitió ser más audaz en sus planteamientos y
exposición de ideas al sentirse algo más protegido frente a la ortodoxia
comunista, siempre en disposición de silenciarlo.



Finalmente,
liberado ya del yugo soviético y la sombra de la censura y la represión
política, se entrega por entero al desarrollo y exposición de sus ideas en
formato de ensayo científico y filosófico. También se dedica a la redacción de
informes con análisis prospectivos para gobiernos de distintos países y a la
ciencia en general, aunque sin abandonar nunca del todo su faceta literaria,
siendo profesor de literatura polaca en la Universidad de
Cracovia desde 1973 hasta su muerte en 2006.






Análisis:


A principios de la
década de los sesenta, el mundo de la literatura de Ciencia Ficción vio cómo se
alzaba uno de sus hitos, Solaris: Stanislaw Lem, un novelista encuadrado dentro
de la esfera soviética de influencia y poseedor de una suficiente formación
científica, publicaba la novela en 1961, quizá el título más conocido de su
valiosa obra. Hablamos de Ciencia Ficción de esa que se ha dado a llamar “de
ideas”, pero aplicando este apelativo sólo para indicar su profundidad y
búsqueda de significación y aporte más allá del mero entretenimiento
intelectual, y no para esconder posibles taras a nivel estrictamente literario.



Solaris es profunda, multifacética, una
lectura análoga al encapsulado de una cebolla cuyas capas hay que ir apartando
si se quiere llegar a su corazón. La premisa inicial de la obra es sencilla en
su formulación: ¿qué pasa cuando el ser humano se enfrenta a un problema sin
respuesta (y no caigamos en el error de sus personajes: no hay respuesta…
humana)? La lectura de la obra nos desvela que esta pregunta sencilla demanda
una respuesta compleja, difícil de asir para el que quiera viajar por sus
páginas con la pisada débil del lector distraído que no acostumbra a buscar
significados, sino sólo evasión.



Es momento también de decir que en el
presente trabajo no se pretende reseñar la obra del maestro polaco, tarea de la
que ya se ocuparon muchos otros. No, para nuestro objetivo, el de comparar las
huellas que del pensamiento original de Lem quedaron en las dos secuelas
cinematográficas, nacidas de Solaris a lo largo de los cuarenta años
posteriores a su publicación, no es necesario.



Por lo
tanto, considerándonos excusados de valorar aspectos literarios, volvemos
atrás, a la pregunta que entendemos es el alma de la obra: ¿qué pasa cuando al
ser humano se le plantea un problema sin respuesta? La contestación a esta
pregunta la tenemos que abordar desde las tres perspectivas que nos da el
propio autor:



1.
Respuesta
de la sociedad



2.
Respuesta
de la comunidad científica, de la ciencia en general



3.
Respuesta
ontológica del ser humano






Respuesta de la sociedad


Para Lem, la respuesta
de la sociedad es pasiva, totalmente entregada a los deseos y ambiciones de los
científicos, esa especie de élite social en la que cree con fe ciega, aceptando
sin ningún tipo de reticencias aparentes sus demandas, haciendo suyas sus
ilusiones, sus anhelos.



Como se menciona en uno de los libros
ficticios que se nombran, la
Introducción a la Solarística, de Muntius:



La solarística es la religión de la era cósmica; una fe
disfrazada de ciencia. El Contacto, la meta de la solarística, no es menos vago
y oscuro que la comunión de los santos o la vuelta del Mesías. La exploración
es una liturgia que se sirve de un lenguaje metodológico; los sabios trabajan
esperando una consumación, una Anunciación.



En esta
religión los científicos son los iniciados, y la humanidad una inmensa
comunidad de fieles que pagan religiosamente sus diezmos para alimentar la
máquina solarística en busca de una epifanía cósmica.



El
avance de la propia solarística, el trabajo de estos teólogos de nuevo cuño,
forma el corpus doctrinal que moldea las opiniones del público (en la novela se
llegan a citar unos estudios de psicólogos que vinculan los cambios en la
opinión pública a las fluctuaciones de las hipótesis científicas). Al principio
se presenta el fenómeno como la existencia de una especie de yogui cósmico del
que extraer verdades, quizá el mismo sentido de la existencia. Más tarde,
conforme la frustración se instala en la comunidad científica debido a la falta
de resultados válidos en sus experimentos, a la vacuidad formal del inmenso
archivo en el que se registra la fenomenología solariana, la visión pragmática
toma el testigo para mantener el interés de los fieles si no hacia el objetivo
final de Contacto, sí a la obtención de otros “beneficios intermedios” en forma
de hallazgos prácticos. Por último, parece que la crisis de fe de los propios
iniciados, el derrotismos de una comunidad científica que poco a poco va
conformándose con mantener la solarística aunque sea como mero campo de
estudios sin objeto, negándose a admitir la derrota, termina calando en la
sociedad, provocando su indiferencia, el olvido de Solaris, y reaccionando
contrariamente a las iniciativas de los que desde ciertas instituciones
científicas abogan por aumentar la inversión en recursos para volver a poner la
solarística en el foco de atención.



Las
únicas iniciativas que parten de la propia sociedad terminan siendo la de una
fundación-empresa que hace suya la visión pragmática del fenómeno tratando de
sacar beneficio de Solaris, y la aparición de una herejía (manteniendo el símil
religioso), un grupo de individuos no iniciados que trata de buscar su propio
sentido de Solaris al margen de la corriente oficial, ya definitivamente en
punto muerto. Cuando la herejía desaparece por sí sola, Solaris es ya historia
para el público.






Respuesta de la comunidad científica


En este caso se trata
de la escenificación de una gran derrota, tras la cual se esconde una crítica a
la propia ciencia, al método científico, y a la lucha de egos que impone su ley
sobre la honesta búsqueda de verdades y resultados que se le presupone a los
que forman la vanguardia del progreso humano.



El descubrimiento de Solaris se produce
algo más de ciento treinta años antes del comienzo de la trama de la novela,
pero no es hasta pasados cuarenta años del descubrimiento inicial cuando mandan
una expedición (debido a que las primeras observaciones estiman la posibilidad
de una órbita estable, algo teóricamente imposible para un astro que orbita
alrededor de un sistema binario de soles). Esta expedición no ve en Solaris
nada más que otro planeta muerto, y su único aporte es la puesta en
funcionamiento de varios satélites que confirman el mantenimiento estable de la
órbita. Estos resultados provocan un escándalo por su oposición a la ortodoxia
científica, y en esta ocasión no sólo se desestiman y se silencian los
resultados, sino que incluso se mata al mensajero dando por sentado el fallo en
los equipos que verifican esos datos.



Los siguientes diez años quedan in
albis, mencionando el autor apenas una voz que intuye lo que puede haber en Solaris
pero que, por supuesto, es también silenciada, una vez más por no casar con la
ortodoxia y los egos que en ella se manejan. Al término de este decenio se
manda una segunda flotilla que deja tras de sí un satélite de mayores
prestaciones que, una vez más, verifica los datos que daban la órbita como
estable. Es a partir de aquí, tras la tercera confirmación de datos, cuando por
fin se acepta la realidad de la órbita de Solaris.



El inicio oficial de la solarística se
establece un año y medio después, con la llegada al planeta de la tercera
expedición, la de Shannahan, que ya significa una gran inversión. Durante los
dieciocho meses que duran los trabajos, las observaciones indican que el océano
es una formación orgánica, que modifica su órbita no se sabe cómo, pero que no
está vivo, no se atreven a decirlo. Como no se atreven, los científicos
implicados se ven obligados a buscar epítetos intermedios tales como “formación
prebiológica” (forma de vida primitiva), “máquina plasmática” (quizá privada de
vida, parabiológica, pero capaz de emprender actividades útiles), y ya en la Tierra, desde el sector
conservador, “formación geológica particular” (una vez más negándose no sólo a
admitir la posibilidad de vida sino
también esos términos medios prebiológicos o parabiológicos). Sólo algunas
voces, de forma más intuitiva que demostrada, hablan de “océano homeostático”,
admitiendo la posibilidad de vida.



Otro de los resultados hallados a raíz
de la expedición de Shannahan es la forma que usa el océano para estabilizar la
órbita de Solaris, imponiéndola directamente. Frente a la solución que ofrece
la ciencia humana para el problema, la que usa el ser al que los humanos se
niegan a considerar como vivo e inteligente resulta estar varios pasos más allá
de nuestro conocimiento.



Hasta aquí poco más de sesenta años de
historia de Solaris, sólo veinte de investigación, apenas diez de solarística
(frente a los setenta que aún quedan por delante hasta llegar al punto en el
que comienza la historia de la novela), y en ellos un perfecto resumen de todo
lo que vendrá después. La solarística se convierte en la frontera de la
ciencia, el territorio al que se trasladan todos aquellos científicos
aventureros que, como si de la fiebre del oro se tratase, buscan su gloria
particular en tierra de promisión.



El avance de la materia, si es que se
le puede llamar tal, es siempre de la misma manera: el océano está dotado de
una fenomenología que abruma a los investigadores, que exige un ingente gasto
en tiempo y recursos sólo para ser archivada, y de la que apenas se consigue
sacar algún resultado concreto. La comunidad científica pretende explicar el
fenómeno solarista, llegar al contacto si es que eso es posible, siempre dentro
de los límites del conocimiento humano, rechazando toda explicación o atisbo de
la misma que vaya más allá. Cuando ya se han chocado repetidas veces con la
misma pared terminan admitiendo lo que antes rechazaban, y entonces, en lugar
de hallar respuestas, lo que encuentran son preguntas más complicadas que las anteriores.



Durante todo el proceso se van elevando
egos sólo por ser los más audaces a la hora de aventurarse a dar explicaciones
sin confirmación, llegando a bravatas de tal magnitud como la de dar nombre
científico, con familia y especie, a un ser único. El tiempo que permanecen en
el centro de atención es efímero, desde que consiguen aceptación a sus
hipótesis hasta que el siguiente ego aventurero formula una nueva que socava la
fragilidad de las anteriores, condenando al desprestigio y al olvido a los que
se erigieron sobre ellas.



En resumen, el papel de la ciencia y de
los científicos en la novela de Stanislaw Lem no es el de una comunidad
abnegada y altruista que busca la verdad por sí misma y el beneficio de la
especie humana, sino más bien el de un grupo formado por algunos científicos
(en el correcto sentido de la palabra) y una legión de oportunistas en busca de
prestigio o simple sustento que, más que tratar de hallar la verdad de la
realidad con la que se encuentran, intentan imponer sus propias verdades y que,
una vez se dan cuenta de la inutilidad de su postura como censores de la verdad
en lugar de buscadores de la misma, prefieren considerar el problema como
irresoluble en lugar de admitir su fallo.



Al final
vuelve a quedar el camino expedito para los verdaderos científicos, pero ya en
una rama de la ciencia que ha malgastado la mayoría de los recursos a su
alcance, y que difícilmente volverá a conseguirlos al quedar en entredicho por
la mala praxis de muchos precursores.






Respuesta del ser humano


Más allá de la
sociedad, más allá de la ciencia, su método, sus rivalidades y egos, la
historia que se narra en Solaris apunta al propio ser humano, como especie y
como individuo, como ser consciente ávido de conocimiento y trascendencia pero
que se ve lastrado en la búsqueda de ambos por esa miopía que le lleva a
considerarse centro del universo, medida de todo lo demás, el elegido, algo que
en la misma novela se nombra varias veces como “la misión del hombre”.



El enfrentamiento del hombre con Solaris,
además de una batalla perdida en el plano científico, es también una derrota en
el plano espiritual, ontológico. El océano desde un principio se revela como
“más que el hombre”: en sus creaciones, longus, mimoides y demás fenomenología,
que son muy superiores por ejemplo a la estación, de la que se afirma que es
uno de los grandes logros de la humanidad; también en su conocimiento y manejo
de las leyes del universo, escenificado por ejemplo en ese ejercicio de
mantener la órbita del planeta de una forma que los científicos ni siguiera
llegan a comprender; y en su misma relación con los seres humanos, porque
cuando éstos experimentan con el océano éste casi ni se inmuta, o reacciona en
un primer momento para luego perder interés, mientras que cuando es Solaris
quien experimenta con el hombre, obliga a este último a replantearse su esencia
como ser vivo, su pequeñez.



La denominada “misión del hombre”, esa
especie de trascendencia final, de contacto quizá con la divinidad, es la clave
de la gran derrota existencial del hombre en su enfrentamiento con Solaris.
Cuando los tres últimos habitantes de la estación tocan este punto es cuado más
vértigo les produce. Los hombres han terminado por dominar su entorno, se creen
dioses menores con el destino de llegar a ser algo más, y entonces se
encuentran, en la ínfima porción que conocen de la infinitud del universo, con
otro ser (y podría haber más) que demuestra con hechos que está muy por delante
de ellos en esa carera hacia la trascendencia. El Dios de los hombres creó el
universo, la vida, quizá uno de los últimos pasos en ese camino a la divinidad;
el océano, en su entorno, es capaz de crear una réplica mejorada de ese
producto superior de la creación que el hombre cree ser. Los designios de
Solaris son inextricables para el hombre, como los designios de su propio Dios,
y su indiferencia hacia la humanidad también es la misma. Por eso el ser humano
se asusta, porque las analogías son demasiado evidentes.



El antropocentrismo cae en la novela,
es explícitamente ridiculizado tanto por los sucesos que se cuentan, como por
los propios protagonistas en sus desesperadas reflexiones, como por algunos de
los autores ficticios que se citan, que en último término, aunque también
alejados de esa verdad más allá del alcance humano, sí que parecen atisbar algo
de luz al final del camino. Más aún, el antropocentrismo no sólo se muestra
como ridículo, sino también como nocivo, porque queda de manifiesto que incluso
lastra el camino hacia la verdad. Se señala que es posible, casi seguro, que el
hombre no llegará a ella por incapacidad material, pero es que incluso en sus
primeros pasos en la senda del descubrimiento, ese ansia suya por, más que
mirar hacia la luz de la razón, mirarse en un espejo que le devuelva esa imagen
de grandeza que tiene de sí mismo, genera frustración, desencanto, y que cada
paso que da hacia delante esté condenado a ser desandado poco después.



Finalmente, la ridiculez del
antropocentrismo llega al esperpento, porque el hombre, o más bien la imagen
que Solaris le devuelve de él mismo, no es ya que no sea centro del universo,
modelo del entorno, medida de todas las cosas, sino poco más que uno mota de
polvo, insignificante casualidad con ínfulas de grandeza, un gusano solitario
dentro de una manzana que, a falta de otros con los que compararse, se cree
centro del universo. Solaris rompe la manzana, saca al gusano de su
autocomplaciente aislamiento, y cuando éste ve la inmensidad más allá del
encierro que lo hacía especial, lo único que le queda es cerrar los ojos,
porque ni siquiera tiene valor para enfrentarse con su propia miseria.









Segundo
viaje a Solaris-El misticismo de Tarkovski






La
película de Tarkovski (1972)






Ficha técnica:


Dirección: Andréi Tarkovski


Producción: Viacheslav Tarasov


Guión: Fridrikh Gorenshtein,
Andréi Tarkovski (basada en la novela de Stanislaw Lem)






Rae Sanchini,
Jon Landaukovski
Música: Eduard Artemyev


Fotografía: Vadim Yusov


Reparto:


Natalya
Bondarchuk-Hari
Donatas Banionis-Kelvin
Jüri Järvet-Snaut
Anatoli Solonitsyn-Sartorius
Vladislav Dvorzhetsky-Berton
Avigdor Leinov-Gibarian



País: Unión Soviética


Duración: 165 minutos





Sinopsis:


El solarista Kris
Kelvin es enviado a la estación espacial que orbita Solaris, un planeta
cubierto casi en su totalidad por un océano cuyas características y naturaleza
llevan décadas siendo estudiadas por la comunidad científica. Su misión es
determinar la viabilidad del proyecto y decidir sobre su continuidad o el cese
de las actividades. Una vez allí se encuentra con que la situación en el lugar
dista mucho de lo que esperaba encontrarse. Conforme pasa el tiempo y se ve
involucrado en la realidad de Solaris, todo su universo se tambalea.






Autor:


Andréi Tarkovski
(Rusia 1932-Francia 1986), director de cine, actor y escritor. Considerado uno
de los más grandes autores del cine soviético y de la historia del cine en
general, aclamado ya desde su primer largometraje La infancia de Iván (1962), León de Oro en el Festival de Cine de
Venecia (según Ingmar Bergman, uno de los autores favoritos del propio
Tarkovski: “Un verdadero milagro”).



Considerado un “poeta de la imagen”,
las películas de Tarkovski, de marcado carácter intimista, suponen una perpetua
búsqueda de formas narrativas propias, de los límites del lenguaje
cinematográfico, e incluso un posicionamiento militante en lo relativo a las
responsabilidades del artista respecto a la sociedad (en este caso la
soviética, con todo lo que ello suponía).



Sus historias se enfocan en el hombre y
su espiritualidad, y en su posición dentro de la sociedad moderna y frente a
los avances de la tecnología, de la cual consideraba que comenzaba a dominar al
propio ser humano en lugar de servirle.



Fue también autor intelectual de la
teoría cinematográfica a la que denominó “Esculpir en el tiempo”, que, a partir
de la premisa de que el cine tiene la capacidad de fijar el tiempo, considera
que el autor debe esculpir ese bloque de tiempo hasta sacar a la luz la imagen
cinematográfica.



Como artista “puro”, la vida de Tarkovski
estuvo marcada por las vicisitudes a las que le abocó su búsqueda de
independencia formal y de una voz propia frente a las limitaciones, tanto
creativas como presupuestarias, impuestas por las autoridades soviéticas.



Hijo del
reconocido poeta Arseni Tarkovski, estudió música, pintura y escultura antes de
interesarse por el cine, reconocerlo como vocación, e inscribirse en el afamado
Instituto Estatal de Cinematografía de Todas las Rusias bajo las enseñanzas de
Mijaíl Romm.



Tras
graduarse y conseguir el éxito con su primer film, La infancia de Iván, Tarkovski fue inmediatamente puesto bajo la
estricta vigilancia de las autoridades rusas, las cuales no dejaron de acosarle
a partir de ahí, negándole proyectos y prohibiendo sus filmes (Andrei Rublev lo fue durante cinco años,
es incluso se saboteó su participación en el Festival de Cine de Cannes, para
después ser distribuida sólo parcialmente). Con El espejo (1975) a punto estuvo de terminar en la cárcel, y Stalker (1979), tuvo que ser rehecha con
una dramática reducción presupuestaria después de un accidente que destruyó la
primera versión.



Nostalgia (1983) fue su última película rodada
bajo vigilancia de la Unión Soviética,
pues tras su conclusión huyó a Suecia para, por fin, rodar en libertad. Por
desgracia, sólo pudo rodar una película en esta nueva etapa, Sacrificio (1986), la cual consiguió un
reconocimiento sin precedentes para el cine ruso (cuatro galardones en el
Festival de Cine de Cannes).



A
finales del mismo 1986 murió en Francia, a la edad de 54 años, víctima del
cáncer.






Análisis:


Con Andréi Tarkovski,
Solaris toma nuevas dimensiones. De una parte, quizá por falta de presupuesto
para emprender otro enfoque, quizá por voluntad propia, el director se sumerge
en los personajes y saca de sus actores tipos reales que, una vez subidos al
pedestal que es la pantalla, se salen de ésta como si quisieran formar parte de
nuestra cotidianeidad. Por otra parte, juega con una profundidad ya apuntada
por Lem, pero que apenas llega a ser desarrollada en la novela y casi podría
quedar como una anécdota más dentro de su discurso, una ironía. Ante la
imposibilidad del conocimiento científico los seres humanos vuelven a creer en
dioses, y Solaris sería un dios joven que está dando sus primeros pasos.
Tarkovski, que ya era seguido de cerca por el Partido Comunista por sus
veleidades místicas, desarrolla, en cierto sentido, esta idea del dios menor.
Lem, a decir de algunos, no estaba totalmente de acuerdo con esto.



Para
exponer su visión de Solaris, adaptándose a los medios que tenía a su alcance,
Tarkovski dota a la historia de un prólogo y un final inexistentes en la novela
y que cambian en gran medida el sentido de ésta. Comienza la película en un
entorno idílico, en el campo, con un Kris Kelvin que, tras estudiar la
solarística, se despide de su familia y el mundo antes de ir a una misión en la
estación que orbita sobre el planeta océano. En éstas recibe la visita de
Berton, que le expone el equivalente fílmico al Pequeño Apócrifo de la novela. Este es el vehículo que utiliza el
director para salvar la problemática que le hubiese supuesto llevar a la gran
pantalla la fenomenología de Solaris, así como para exponer algunas de las
cuestiones científicas que se plantean. Presenta una ciencia que quiere avanzar
pero niega los datos que no puede adaptar a un esquema que se sabe anquilosado
y aun así se niega a cambiar. El propio Kelvin rechazará a Berton. Tarkovski
habla de la responsabilidad científica, de ética a la hora de experimentar, y,
mientras tanto, el mundo observa curioso Solaris a través de la televisión.
Aquello que trae de cabeza a los científicos es objeto de documentales. Berton
avisa a Kelvin: a pesar del rechazo, no debe olvidar que Solaris, de algún
modo, nos conoce, sabe leer en nosotros como nosotros no sabemos leerle.



El
prólogo plantea hechos fundamentales, cuando Kelvin retorne a su hogar al final
de la película y, metáfora quizá del cristianismo (no olvidemos que Tarkovski
era un poeta visual), caiga de rodillas ante su padre, sabremos que Solaris ha
creado un paraíso, lo más fiel posible a la realidad, para el protagonista. Un
elíseo imperfecto en el que las aguas son estáticas y la lluvia cae dentro de
la casa, prueba quizá de la condición de dios menor del océano, definitiva
muestra de que la ciencia jamás conocerá a Solaris, como jamás supo explicar ni
comprehender a ninguna otra deidad. De este modo los añadidos delante y detrás
de la historia de Lem la matizan y dotan de un sentido nuevo que, si bien estaba
indicado en la obra original, no era, en ningún momento, el leitmotiv de la misma.



En la
estación espacial que orbita Solaris, se desarrollará la historia ya conocida
en la que los visitantes, creaciones del dios menor, aspirantes a humanos,
conviven con aquellos de cuyas mentes han sido extraídos. Kelvin recibirá la
visita de su mujer muerta, Hari, y, tras un primer encuentro desafortunado en
el que se deshará de ella de un modo bastante expeditivo, reanudarán su
historia de amor. Hari descubrirá que no es real sino una proyección de Kelvin
y luchará denodadamente para humanizarse, consiguiendo llegar a ser más humana
que los compañeros de la estación espacial, Snaut y Sartorius. Ambos, atrapados
por sus propios fantasmas y su sentido del deber científico, buscan la
explicación a los visitantes y el modo de hacerlos desaparecer. En la
habitación de Sartorius se intuyen horrores, un enano escapa mientras habla con
Kelvin, y más tarde le reprochará a éste que su ejemplar de visitante es sin
duda uno de los buenos, con el que puede establecer relaciones emocionales
positivas. Sartorius es un ser atormentado, y Solaris planta ante él los
horrores que capta en su psique. Representante de la ciencia a ultranza,
partidario de experimentos carentes de ética, Sartorius propondrá enviar un
encefalograma de Kelvin a Solaris, así desaparecerán los visitantes. Esto
termina siendo, a modo de plegaria, el camino que permite al nuevo dios crear
el paraíso. Y es un paraíso para Kelvin que, a través del amor, entra en comunión
con este dios al que nadie ha comprendido. El único modo de conseguir ese
contacto fallido, un contacto apenas comprendido, tan sólo una intuición, un
sentimiento. Snaut, por su parte, a medio camino entre ambos observa con un
sentido lírico cada vez más acentuado cómo se desarrollan los hechos.



Hari se
humaniza. Es un tema que se ha visto y se verá en el género cientos de veces,
miles de veces. Los límites de lo humano: Blade
Runner
en el cine, las ovejas eléctricas del libro, El hombre del bicentenario en ambos formatos, Ghost in the shell en el anime... Hari es uno más de esos
personajes que buscan la humanidad que les es negada de partida, quizá, como
preconizan algunos, la más patética de todos. Un ser no humano, una réplica
imperfecta, condenada por los recuerdos de su amante, de los cuales surge, a
intentar suicidarse una y otra vez. Un ser no humano enamorado, que no puede
vivir sin su objeto de deseo cerca (atraviesa puertas metálicas para estar con
él). Una copia que se hará más humana que los propios humanos a través del amor
y, por ello mismo, dará su vida por el bienestar de Kelvin. Y nos recuerda al
mensaje bíblico, también presente en Lem: no hay amor más grande que dar la
vida por los demás.



Así,
Tarkovski, centra su visión en los personajes, en su historia y desarrollo, en
sus relaciones, y deja el problema de comprender Solaris aparcado hasta un
final incierto que tiñe definitivamente de misticismo su aproximación, quedando
la ciencia, su crítica y sus dificultades como meros acompañantes que hacen más
vivas y dinámicas las conversaciones, pero realmente no son el objeto
fundamental de su discurso. Su visión de Solaris comparte con la original de Lem una potencia y
profundidad que atrapan al que se aproxima a ella, que lleva a la reflexión e
invita al visionado reiterativo de la misma. Una película para ver varias veces
y encontrar nuevos recovecos por los que profundizar en cada una de estas
ocasiones. De este modo, poniendo los acentos en otras cuestiones, Tarkovski,
como Lem, nos obliga a pensar, a ir más allá de lo visto, a buscar nuestras
propias respuestas a esa pregunta sin resolver.









Tercer viaje a
Solaris-Solaris sin Solaris






La
película de Soderbergh (2002)






Ficha técnica:


Dirección: Steven Soderbergh


Producción: James Cameron, Rae
Sanchini, Jon Landau



Guión: Steven Soderbergh
(basada en la novela de Stanislaw Lem)



Música: Cliff Martínez


Fotografía: Peter Andrews (Steven
Soderbergh)



Reparto:


George
Clooney-Chris Kelvin
Natascha McElhone-Rheya Kelvin
Jeremy Davies-Snow
Viola Davis-Helen Gordon
Ulrich Tukur-Gibarian



País: EEUU


Duración: 94 minutos





Sinopsis:


Cuando el doctor
Kelvin recibe una llamada pidiendo ayuda proveniente de una base espacial
situada junto al planeta Solaris, emprende un viaje hacia lo desconocido de
consecuencias imprevisibles para su futuro. Ya en la base se da cuenta de que
casi todos sus habitantes han muerto y los pocos que sobreviven han enloquecido.
Empieza a tener encuentros con un fantasma del pasado que parece haber vuelto a
la vida: su propia mujer, fallecida años atrás. Puede que todo sea fruto de su
imaginación, o puede que realmente se le esté brindando una segunda
oportunidad. En un duelo entre la realidad y la ficción, Kelvin se enfrentará
al más peligroso de todos los desafíos: el de su propia mente.






Autor:


Steven Soderbergh
(EEUU 1963), productor cinematográfico, guionista, director de fotografía,
editor y director de cine, considerando uno de los mayores artífices de la
revolución del cine independiente de los años 90 (el crítico de cine Roger
Ebert dijo de él que era el “chico póster de la generación Sundance”) con su
película, ganadora de la Palma
de Oro en Cannes, Sexo metiras y cintas
de víde
o (1989), y consolidado con la consecución del Óscar al mejor
director por Traffic (2000).



Se trata de un autor cinematográfico
completo que, al estilo de Orson Welles (cuando éste tuvo libertad creativa),
trabaja en muchas de sus películas no sólo como director, sino también como
guionista, director de fotografía (con el seudónimo de Peter Andrews), editor (con el seudónimo de Mary Ann Bernard),
productor (junto a George Clooney) e incluso actor. También es conocido por
otras muchas iniciativas como contribuir al reestreno en DVD de El tercer hombre, experimentos como Full Frontal (2002), K Street (2003), una serie de diez
capítulos sobre políticos filmada al estilo de Full Frontal, Bubble
(2006), interpretada por actores amateurs y distribuida en modo day-and-date
(estrenada en cines y HDNet al mismo tiempo y pocos días después en DVD), lo
que le valió críticas por parte de los dueños de salas, y The Girlfriend Experience (2008), protagonizada por la actriz porno
Sasha Grey.



Actualmente es un autor ampliamente reconocido
tanto por el público, con Ocean`s Eleven
(2001) recaudó 183 millones de dólares, como por la crítica, siendo en único
director que ha sido nominado en un mismo año (2000) por dos películas tanto en
los Óscar, los Globos de Oro, y los premios Directors Guiad of America, con Erin Brockovich y Traffic.






Análisis:


Hay que tenerlos bien
puestos para meterse en un jardín como el de revisitar un clásico del cine de
Ciencia Ficción. Solaris (1972, Andréi Tarkovski) no sólo es un paradigma
de la ficción especulativa puramente metafísica y la coherencia estética, sino
que es uno de los mayores contraataques que el cine de este lado del Atlántico
ha ejecutado contra la mercadotecnia hollywoodiense (la denominaron la 2001
soviética, refiriéndose a la ínclita película de Stanley Kubrick).



Y es lo que hizo
Steven Soderbergh, un cineasta reconocido por tener olfato comercial (la saga Ocean,
Erin Brockovich) y también un espíritu crítico y alternativo (Sexo,
Mentiras y Cintas de Vídeo, Traffic
), que con un guión propio adaptó
libremente ciertos elementos de la novela original homónima de Stanislaw Lem (una
obra capital en la literatura fantástica del siglo XX). Si la Solaris de Tarkovski
luchaba involuntariamente contra el progresivo auge del montaje del cine
norteamericano, con tres horas de sencillez en la puesta en escena pero una
densidad de contenido impresionante, Soderbergh se decanta por algo más
convencional que pueda llegar a un público más amplio. Las referencias se
mantienen, sí, pero en este caso al servicio de una historia de amor que
envuelve a los dos protagonistas (o, si nos ponemos quisquillosos, a sólo uno
de ellos), quedando las reflexiones sobre el planeta Solaris eclipsadas por la
pasión romántica, el drama más puro. No es casualidad que James Cameron esté
entre los productores, cuando él mismo tomó la historia de Titanic para encumbrarla
con una historia de amor entre dos pasajeros del barco.



Los méritos que
podemos asignar a la versión de Tarkovski actúan precisamente como detonantes
para considerar a esta revisión de Soderbergh como una obra estrictamente
menor. El reparto es conocido y solvente, con el actor-prototipo George Clooney
como Kris Kelvin, Natasha McElhone (la encantadora Sylvia de El Show de
Truman
) como Rheya, y Viola Davis, Ulrich Tukur y Jeremy Davies, como los
tripulantes de la nave.



Ni siquiera la
fascinante música a cargo de Cliff Martinez (el batería anterior a Chad Smith
en la banda Red Hot Chili Peppers) ni la inspirada fotografía de Peter
Andrews (el propio Soderbergh) camuflan las ingentes limitaciones de esta nueva
propuesta. Llaman la atención los cambios de nombres respecto al origen
Lem/Tarkovski (Snaut/Snow, Hari/Rheya), el diseño de la nave, mezcla de Aliens
y Abyss (películas del mencionado Cameron), pero lo que más clama al
cielo es ese famoso cuarto de hora con un idilio anodino (nalgas de Clooney en
primer plano incluidas). Buscando una profundización de personajes, que por
cierto Tarkovski lograba con mucha más fluidez, este Solaris tiene una falta de ritmo que merma y mucho su potencial.



Si es en el amor en lo
que hemos de centrarnos en esta película de 2002, hay que reconocer que tiene
elementos logrados, aunque en parte similares a la relación Deckard/Rachel en Blade
Runner
. Pero si Tarkovski enriquecía la historia con una metáfora del hijo
pródigo y terminaba reflexionando (¿inconscientemente?) sobre la felicidad,
Soderbergh regala la cámara a Clooney para que durante más de una hora, su Kris
Kelvin dude entre si considerar humana a esa Rheya idealizada que Solaris ha
puesto a su servicio. Los doppelganger que Solaris introduce en la nave (nunca
sabemos si para estudiar a la raza humana o por pura hostilidad ante el temor
de una invasión inminente) permiten una subtrama de terror como la del pobre
Snow, interpretado con carácter por Jeremy Davies.



¿Es posible enamorarse
de una proyección del subconsciente, del recuerdo de una ex-mujer inestable y
profundamente infeliz que, ahora sin embargo en la nave es sólo un reflejo
mejorado de ella? Lamentablemente, esta cuestión se desarrolla de manera
demasiado reiterativa, y se ahonda mucho en mostrar un futuro próximo donde
siempre llueve, meramente interracial y con lagunas argumentales de peso. Se
dice que unas fuerzas de seguridad han intentado, por la fuerza, resolver la
misión de forma drástica, pero Kelvin llega al lugar y la única adversidad que
encuentra es una tripulación resignada a la vaciedad.



La ambigüedad de su
final apenas es una ayuda. Pero es que las comparaciones son odiosas. Si
Tarkovski realizó unos últimos cinco minutos soberbios, que para que el esto
escribe representan uno de los mejores finales de la historia del cine,
Soderbergh optó por un final abierto que quizás no quiere decir nada. En el
cine de esta década hemos visto muchos finales abiertos, simplemente porque se
han convertido en una moda, una máscara que intenta dotar a la película en
cuestión de audacia y profundidad. Si acaso la falta de límites del amor, el
cómo el amor puede ayudarnos a traspasar cualquier barrera física y, en este
caso, sideral.









Conclusiones-Lucifer
derrotado una vez más






Según varias
tradiciones, Lucifer, que en latín vendría a significar “el portador de la
luz”, fue algo así como Prometeo, un rebelde con causa, la de la sabiduría.
Lucifer fue derrotado y castigado por su osadía, por querer traer el
conocimiento a los hombres, por intentar alumbrar su camino hacia la verdad.
Después, como ocurre siempre, los vencedores fueron los que escribieron la
historia, los que confundieron las ansias de libertad con ciega rebeldía,
pervirtiendo así el mensaje.



Stanislaw Lem es un moderno Lucifer, y
Solaris esa luz que se ha ido velando con el pasar del tiempo. Lo que en un
primer momento fue un alegato contra la ceguera de la ciencia y su método,
contra la megalomanía de la humanidad y esa idea de grandeza que se sustenta
únicamente en el desconocimiento de todo lo que esté más allá de la experiencia
humana, fue perdiendo contenido, pasando por el tamiz de un cineasta genial con
un lenguaje propio y unas ideas propias (que en algún caso fagocitaron las de
Lem), hasta convertirse en la enésima revisión del paradigma de la historia de
amor imposible (Romeo y Julieta), todo en aras de alimentar la moderna
maquinaria de Hollywood en la que lo más importante es la viabilidad comercial
de las obras.






El autor polaco tenía
mucho que contar, muchas ideas “peligrosas” que sólo podía exponer ocultándolas
bajo el envoltorio de lo fantástico, en concreto de la Ciencia Ficción, una artimaña
con la que eludir la censura. Por eso Solaris no es un ensayo unívoco, un texto
que nos lleva de la mano hacia el mensaje que quiere transmitir. Es un ensayo
cifrado con el código de la Ciencia Ficción,
una exposición en clave que, como tal, sólo será accesible al que quiera arañar
su corteza y mirar hacia lo que se esconde detrás.



La novela de Lem es fuertemente crítica
con la ciencia, socava los cimientos de ese orgullo humano que nos hace
creernos los hijos de Dios, el paso anterior a la divinidad, la cúspide de la
creación del único que está por encima de todos. Lem se ríe del
antropocentrismo, ridiculiza las capacidades y los logros del hombre, sustituye
la imagen de gigante que la humanidad tiene de sí misma por la de un gusano
insignificante al que le da miedo ver su verdadero reflejo, que no lo acepta,
algo que en claves del partido era una crítica a la única sociedad pura y
verdadera, la marxista leninista.






Cuando Tarkovski, otro
autor perseguido por la censura soviética al igual que Lem, consiguió que le
aceptaran el proyecto, quien tomaba el testigo de nuestro moderno Lucifer no
era un científico y filósofo ensayista disfrazado de escritor de Ciencia
Ficción, sino un poeta visual, un director de cine con mayúsculas que puso su
arte por delante de cualquier mensaje, sobre todo de los mensajes de otros.



A Tarkovski no le importaba la crítica
a la comunidad científica y su método y, aunque el también tuviera que ocultar
sus mensajes, renegaba de la Ciencia Ficción
per se, pensando que podía enturbiar esa poesía de las imágenes que buscaba
como medio. Tarkovski lo dice explícitamente en boca del padre de Kelvin
(personaje que, por otra parte, añade él mismo a la historia): “no me gustan
las modernidades”. El hecho de adaptar historias de Ciencia Ficción fue
simplemente porque éstas ya le llegaban cifradas, facilitando el encubrimiento
de sus propias ideas tras las historias de otros.



De
Solaris se queda con la experiencia humana, con la vida interior de sus
personajes, con sus conflictos más allá de los filosófico-científicos, con la
humanización de Hari. La solarística se reduce al informe de Berton, la
fenomenología solariana a las réplicas y ese final añadido, sustentado en el
añadido inicial de la relación entre Kelvin y su padre, en el que la derrota
moral e intelectual con la que culmina la historia del personaje principal de
la novela es sustituida por esa epifanía final en la que Solaris, como dios
menor (idea apuntada en la novela pero no desarrollada hasta ese punto),
concede la redención a Kelvin.






El último en adaptar
la historia es Soderbergh, a priori un autor venido del cine independiente y
que vive en democracia, en el país de las libertades, hijo pródigo de la meca
del cine en la que se supone que hasta los sueños son realizables. La verdad es
otra muy distinta, la tiranía del partido es sustituida por otra mucho más
voraz, mucho más presente, una tiranía de verdad ineludible ya sea con el
disfraz de la Ciencia Ficción
o cualquier otro que se busque. La tiranía a la que se ve sometido Soderbergh
es la de la taquilla, la de Hollywood, la del público medio al que se le
suponen inquietudes de perfil bajo, o de la crítica que busca cine por encima
de verdades comprometidas. Es una tiranía mucho más severa y presente porque
parte desde dentro del propio autor, de su autocensura, y se alimenta de
imposiciones externas.



Cuando Soderbergh, autor por otra parte
de talento y capacidades para hacer buen cine, toma Solaris como historia que
contar, se olvida de cualquier mensaje de profundo calado que pueda entorpecer
su labor cinematográfica, quedándose con la parte más accesible al público por
conocimiento (o estrechez de miras), y que le puede dar más juego: la historia
de amor, la cual infla, inventa y ensalza sobre todo lo demás (como dato sólo
hay que contabilizar el metraje que dedica a la relación previa a la visita de
Kelvin a Solaris, casi la mitad de la cinta, en contraste con los meros apuntes
que supone tanto en la novela como en la versión de Tarkovski).



Soderbergh también aporta ideas (aunque
luego no las desarrolle), como la que transforma a Sanut en un Snow-réplica que
plantea el dilema de si los visitantes pueden tener derecho a defenderse de los
humanos, o esa empresa que termina por hacerse cargo de las investigaciones
(algo ya apuntado por Lem). Pero también se ve obligado a concesiones como la
de esa visita de marines-pistoleros que provocan una masacre (sólo apuntada,
eso sí), el propio Snow, personaje peculiar de esos que amortizan su aparición
en pantalla, o el hecho de introducir diversidad racial y genérica en la
tripulación (como sólo son tres, Sartorius es una mujer negra, economizando
personajes).






Así es la derrota de
este Lucifer moderno, la pérdida de esa luz que una vez quiso dejarnos como
legado. Las ideas pierden su valor cuando se someten al arte, y más aún cuando
ya no queda nadie a quien le interese (o son muy pocos como para darles
importancia frente a la mayoría) y el principal valor de una obra es la
amplitud de su público objetivo.



Aunque, quién sabe, quizá Lucifer en
esta ocasión sí que obtuvo una victoria, aunque fuera pírrica, porque a fin de
cuentas parte de su mensaje era que la humanidad, la civilización, el hombre,
no quiere saber de su insignificancia general y la de su progreso en
particular, o que hay respuestas que van mucho más allá de él, sino que se
contenta en la autocomplacencia de admirar sus propias capacidades, en concreto
su capacidad para el arte, o la recreación de uno de sus sentimientos más
comunes, el amor.



Sabemos
con certeza que nuestro Lucifer renegó en vida de la tergiversación de su
mensaje, lo que no sabemos es si desde su tumba se está riendo de todos
nosotros porque, al final, terminamos dándole la razón: cuando al hombre se le
plantea una pregunta sin respuesta, o acude a Dios, o se mira a sí mismo, o
simplemente mira para otro lado.









Fuentes:





-Solaris (novela),
Stanislaw Lem, 1961



-Solaris (película)
Andréi Tarkovski, 1972



-Solaris (película)
Steven Soderbergh, 2002



-Especial Tarkovski,
Solaris, Roberto Geuffre, y Stalker, Maximiliano Passaggio, revista Fonoscopio,
Octubre 2007
(http://www.fonoscopio.com.ar/)


-“Solaris”, de
Stanislaw Lem, Juanma Santiago, Literaturas.com, suplemento Ñ,Noviembre2004
(http://www.literaturas.com/)


-Stanislaw Lem - The
Official Site
(http://english.lem.pl/)


-Wikipedia (http://es.wikipedia.org/)








© Félix Morales,
Luisfer Romero y Manuel Mije (Sevilla Escribe), 2010.

_________________
A... a veces... veo cosas... El resto de las veces... estoy tan fumado que no veo un carajo...
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Canijo
Admin
Admin
avatar

Cantidad de envíos : 2834
Localización : Sevilla
Fecha de inscripción : 21/03/2008

MensajeTema: Re: Artículos de Canijo   Dom Ene 16, 2011 5:59 pm

Aparte de lo colgado tengo un buen puñado de columnas que no sé si se podrían considerar artículo en algún caso; ya me decís...

Lo de los micros lo miro en otro momento...

_________________
A... a veces... veo cosas... El resto de las veces... estoy tan fumado que no veo un carajo...
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: Artículos de Canijo   

Volver arriba Ir abajo
 
Artículos de Canijo
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 1.
 Temas similares
-
» Artículos en Ebay
» Extraños Articulos vendidos por la internet !!!
» Medalla de la ¿Santa Ana y la virgen de los Remedios? (S. XX)
» LA BASTIDA, POBLADO ARGARICO, TOTANA (MURCIA).
» Se buscan vendedores de artesanías y artículos

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Sevilla Escribe :: Sevilla escribe :: Antología de micros del blog-
Cambiar a: