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 Micros de weiss

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weiss
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MensajeTema: Micros de weiss   Miér Ene 12, 2011 12:27 pm

Jodido lo de aplicar la clasificación por temáticas a este micro, oiga:

Un gran invento

—¿Un gran invento? ¡Pamplinas! Estos jóvenes de hoy... créeme, Fernando: con la cabeza llena de tonterías —sentenció Julián, y apuró su vaso de vino. A su derecha, reclinado sobre la barra, Fernando asentía con gravedad. Sin embargo Miguel, el tercero de los amigos reunidos en la taberna, discrepaba.
—Tampoco exageres. Yo no creo que sea para preocuparse. El muchacho es joven, nada más. Acuérdate de cuando tú tenías su edad.
—Yo a su edad no perdía el tiempo con esas tonterías. En todo caso corriendo detrás de las mozas —los tres rieron al unísono—. Hasta ahí vale, pero luego bien que cumplía en la tienda desde el alba hasta el anochecer.
—Calla, que todavía me acuerdo de cuando tu padre te sacudía por tirarle los tejos a la hija del sastre. Pues lo mismo es, andabas pensando en las musarañas, sólo que los chicos de ahora tienen otras cosas con las que entretenerse. Ya sabéis, la tecnología avanza...
—Sí, claro, ¿pero en qué dirección? —apuntó Julián, escéptico—. A mí nunca me ha hecho falta para ganarme la vida más que un par de brazos fuertes y ganas de trabajar.
—Bueno, yo es que de eso no entiendo mucho, pero me cuentan que es formidable —comentó Miguel—. Imagínate tener acceso a lo que sucede, yo que sé, en el Japón. Conocer otros países, acercar conocimientos... se puede aprender mucho de otras culturas. Y sin moverte de casa. ¿No es genial?
Fernando escupió el hueso de una aceituna sobre el platillo e intervino con aire preocupado.
—Sí, si eso está bien, pero mira a mi Alonso: se pasa los días metido en su habitación, absorto con sus chismes hasta la madrugada. Apenas se relaciona con nadie, pero asegura que ahora tiene un montón de nuevos amigos. ¿Y os habéis fijado en cómo viste últimamente? Que es la última moda en Inglaterra, me dice. ¡Se está volviendo loco!
—Tu hijo siempre ha sido un muchacho muy despierto y curioso, simplemente está descubriendo el mundo. Nuevos tiempos, nueva tecnología. Ahora todo está mucho más cerca, es una nueva era para la comunicación.
—Pues yo no veo para qué sirve —repuso de nuevo Julián—. Otro invento extranjero que no vale más que para llenarle la cabeza de historias a los jóvenes.
—Y mi señora está preocupadísima —añadió Fernando cabizbajo.
—¡Es el progreso, amigos! —sostenía Miguel— ¿Es que no lo veis?
—¡Cuentos chinos!
—¡Un gran invento!
—Ay, no sé, no sé… —se lamentaba Fernando mientras hacía un ademán al camarero para pedir otra ronda.

A finales del siglo XV la técnica de la imprenta se extendió por toda Europa. Los Libros, que hasta entonces habían sido un lujo exclusivo de monasterios y cortes señoriales, se hicieron accesibles para capas más amplias de la población. En ellos los lectores encontraron fascinantes historias sobre viajes por países remotos, vivieron aventuras caballerescas, historias de amor y venganza, pasiones y gestas heroicas, y compartieron conocimientos de todas las materias: filosofía, geografía, historia, comercio, medicina, ingeniería, arte, botánica, arquitectura... Pero como siempre a muchos les costó adaptarse a los nuevos tiempos.
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MensajeTema: Re: Micros de weiss   Miér Ene 12, 2011 1:00 pm

Y a éste le pasa tres cuartos de lo mismo:


Un mar de riquezas

−¿Y bien?
−Es aquí, señor, no cabe duda −el teniente Rogers apuntó con el dedo sobre una
marca en el ajado pergamino−. La Puerta de Kum-Antarnag: la cámara del tesoro de Zabartet II.
Sir Howard Gladston, célebre arqueólogo y aventurero, sonrió satisfecho e hizo una señal al guía local. Éste, de nombre Massud, ordenó a su cuadrilla levantar la roca que tapaba la entrada a la nave subterránea del derruido palacio del rey de los Kumashíes. Treinta siglos atrás la región de Kumash, al oeste de Nubia, se convirtió en reino bajo el gobierno de los Señores del Desierto, una misteriosa estirpe de nómadas que se asentaron en los oasis del Sahara sudanés. Su reino, que floreció allá por el siglo VIII antes de nuestra era, desapareció en las tinieblas del pasado sepultado por las arenas del inhóspito país. Los únicos vestigios conservados, aparte de las erosionadas ruinas del palacio de Zabartet II, eran unas pocas tallas de marfil halladas en Fenicia y las referencias que el sabio griego Anastofonte recogió en sus “Crónicas” siglos después de la desaparición del reino.
−Sir Gladston, ¿qué espera realmente encontrar? −preguntó el guía.
−Por favor, Massud, no me venga de nuevo con esos cuentos de viejas.
−Señor, discúlpeme, sólo quiero prevenirle de...
−Apreciamos mucho su ayuda, Massud −intervino el teniente Rogers−. Nos han sido de gran utilidad los indicios extraídos de sus leyendas populares. Pero éste es el momento de la ciencia y la razón. Déjenos hacer nuestro trabajo. Contamos con la ingeniería, la topografía, con avanzados estudios en lingüística y etnología; aquí no hay cabida para dioses ni maldiciones.
−Yo no he hablado de maldiciones, simplemente les recuerdo lo que dicen las crónicas: “Zabartet II ordenó guardar las mayores riquezas del reino en la cámara subterránea de su palacio cuando la presión de los pueblos del desierto se hizo demasiado intensa. Venidos de las áridas tierras del norte, tribus bárbaras ocupaban los fértiles campos de Kumash tratando de apoderarse de sus tesoros...”
−Eso es, de sus tesoros −subrayó Sir Gladston−: un “mar de riquezas”, como el sabio griego menciona más adelante. Es de suponer que se refería al oro, el marfil, y a las piedras preciosas que sus comerciantes llevaban hasta en el Mediterráneo. Sí, conozco bien las “Crónicas”. Ahora, por favor, ayúdenos a retirar la roca.
−Tal vez su concepto de “riqueza” no sea el mismo que tenían los habitantes de estas tierras... –murmuró el guía entre dientes antes de unirse a sus hombres.

Tras levantar la gran piedra esculpida, los arqueólogos pudieron al fin acceder a la cámara del tesoro de Zabartet II, el gran rey de aquel pueblo cuya cultura floreció en mitad del desierto gracias a la sabia administración de sus riquezas. Y en efecto, dos mil quinientos años después de su declive seguían allí, a salvo del pillaje, en la profunda cámara: una gran cisterna tallada en la roca que contenía millones de litros de agua. Un verdadero “mar de riquezas”.
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